Querido diario…

Hará unos veinte años que no escribo. Quedaría bien decir que es debido al desánimo y la tristeza que asola mi vida, pero sería mentira. En realidad es porque soy absolutamente feliz y todo me importa un cojón de mono africano. De hecho, no me he acordado del diario hasta que no he pasado por mi excuarto y he visto el portátil encima de la mesa. Así son las cosas para los desagradecidos como yo. Cuando estoy mal, meto unos rollos de espanto y cuando estoy bien me desmaterializo hacia otras dimensiones, como los del enterprise.

Pronto me volveré a marchar a la casa de la playa, nadaré de nuevo con el perro cojitranco y haré de padrino de bodas de Miguel. También veré (por fin) el oceanográfico y Carlos me echará la bronca por golpear el cristal de la pecera de las sardinas. Carlos siempre me echa la bronca por golpear los cristales de las peceras del mundo mundial. Bueno… las del mundo mundial no sé, pero las del restaurante chino del barrio, sí. Dice que si él fuera pez no le gustaría un pelo que nadie estuviera golpeándole la pecera. La verdad es que desde que toma las pastillas para la tensión, tiene pensamientos cantidad de curiosos. Es como si se le hubiese despertado algún chakra medioambiental o algo así. Cualquier día me lo encuentro haciendo una mesa redonda con las hormigas de la terraza.

Llevo toda la semana en un curso de Adobe Indesign. Ando un poco saturado ya de tanto curso. Creo que mi jefe me apunta a todo lo que sale para no tener que enfrentarse a mi demanda de mejora salarial. Me encierra en las aulas, y así se evita cruzarse con mis converse por el pasillo. Sea como fuere, es un programa con el que tendré que trabajar cuando vuelva de vacaciones, así que debería estar empapándome bien de lo que me enseñan, pero… por ahora no lo hago demasiado. En realidad me paso la clase dando bostezos y haciendo dibujitos parias. Eso pasa porque la profesora es pesada y monocorde y yo tengo un trastorno por déficit de atención. Temo que ambas cosas no vayan muy bien la una con la otra.

Hace mucho calor y tengo que cocer raviolis de queso y nueces con salsa de setas para la cena. Es uno de los síntomas de mi felicidad absurda: el dedicarme a cocinar platos idiotas. Cuanto más idiotas son, es que más feliz me siento.

Todavía no he aprendido a aparcar.