Y…se está mejor en casa que en ningún sitio

Dentro de poco será mi cumpleaños. Se dice, se rumorea, se comenta… que quieren regalarme una tablet. Digo, rumoreo, comento… que no me hace tanta ilusión como pudieran ellos suponer. Es el espíritu de niño de la calle que me acompañará siempre. Me cuesta gastar el dinero en chorradas que no necesito para nada. Bueno, ni yo ni nadie, porque… ¿para qué coño quieren una tablet el 85% de las personas que se la compran? Me parece un capricho tontorrón para ese tipo de adulto que aún no han sabido superar mentalmente los quince años. Es un poco indecente que tal y como anda la economía ahora mismo, sigamos deseando sumar maquinitas inútiles que no aportan nada, solo porque a Steve Jobs se le pasa por los huevos ponérnoslas en las narices, como la zanahoria del burro. Se pueden ver pelis… y en el dvd. Se pueden leer libros… y en la librería. Te puedes conectar a internet… y en el portátil. Puedes jugar a videojuegos… y con la consola. Ah, pero el tablet es más pequeño y pesa menos. Vale. Ese es su valor. Que no pesa. 500 euracos de livianidad.

Joder, qué gilipollas somos, de verdad… un día estallaremos de pura gilipollez. Cada vez que veo a algún panoli pavonearse sacando la tablet o el iphone enmedio del café siento terribles deseos de levantarme y decirle “eh… pst… lo siento, pero aún sigues siendo idiota”.

Me quitaron a Tararino. Al final se lo llevó una señora de Motilla de Palancar. Estoy triste, pero no del todo. Por un lado, echaré de menos nuestro buen rollo, pero por otro, me alegro de que haya podido cambiar una casa con jardín por un piso madrileño con tres gatos psicóticos. Además Peyote va en picado. Ahora le ha dado por demostrarme su cariño tumbándose a dormir en mi cara en mitad de la madrugada. Ese ha sido mi despertar de las últimas tres noches. Asfixiarme bajo un enorme culo de gato blanquinegro. Y lo peor es que lo hace ronroneando. Así como en plan “cuánto te quiero, qué agustito estoy aquí tapándote los orificios respiratorios para que mueras de apnea…”

Estoy contento de estar de nuevo en Madrid, incluso a pesar de que me echado una novia llamada escherichia coli que me tiene el estómago destrozado desde hace… msbmsbmbs… no sé… cien o doscientas digestiones. Ana Belén me llama cada día para hacerme el apunte de que es im-po-si-ble que pillara la bacteria en su (por otra parte carísimo) banquete de bodas. Yo le digo que estoy de acuerdo. Que probablemente estaba agazapada en el dobladillo del traje de mamarracho que me obligó a llevar durante todo aquel aciago día.

A Ana Belén no le gusta un pelo que haga chistes sobre su boda o sobre mi traje de padrino. Sé que como siga tocándole las pelotas, terminará por vaciarme las cuencas oculares con uno de sus (también carísimos) zapatos de raso de Manolo Blahnik, pero me da igual, porque tengo escherichia coli y de todos es sabido, que un escherichiano sin chistes es como un jardín sin flores, un perro sin cubo de basura, o un abuelito sin televisión con cascos.

Estoy leyendo un libro de 750 páginas sobre rodajes de Hollywood. Me tengo que poner de lado en la cama porque si me tumbo, no tengo fuerzas para sostenerlo en los brazos. La verdad es que últimamente me doy un poco de asco.