Montañas y ratones

Anoche me pasé con el Vega Sicilia y me puse un poco tontín. En plan «de guiero dío… de guiero bucho deverdá… eres doda bi vida…» Carlos no me lo tuvo mucho en cuenta. Este tipo de situaciones son las que diferencian a un ligue pasajero de una relación estable. El ligue se descojona y te echa uno rapidito por si vomitas, y la pareja estable te esconde lo que queda de botella y te acuesta con un par de aspirinas. 

Bueno, hoy escribo desde la sierra. Concretamente desde Navacerrada, donde Carlos ha alquilado una casa para pasar lo que queda de agosto madrileño. Sacarme de los 40º de Malasaña era mi tercer regalo de cumpleaños. El cuarto ha sido un ratón blanco que se llama Vargas, y que en estos momentos se pasea por mi teclado como Pedro por su casa. Samu lo rescató de un laboratorio de biología (miedo me da preguntar cómo) junto con otros cuatro que han ido palmando por el camino (la vida de un ratón blanco puede ser muy dura). Lo cierto es que meterlo en una casa con tres gatos no es precisamente el colmo del rescate, pero bueno… por ahora intento tenerlo el máximo tiempo posible en las manos y en la ropa, para que coja mi olor y las tres bestias pardas lo asimilen como miembro del clan no masticable. Por fortuna, andan cantidad de distraídos revolcándose entre las pulgas del jardín, así que el asunto del ratón parece mantenerse en segundo plano. Pero como de Peyote me sigo fiando lo justo, he comprado para Vargas una especie de jaula-fortaleza acorazada, a la que solo le falta el ojo de Sauron en lo alto para ser infranqueable. Si aún así, pillo a alguno de los tres acercando la zarpa a Villavargas, seguiré tranquilamente los tres pasos básicos de la convivencia en armonía: amputación, disecación y elaboración de llavero para el coche.

Ayer, mientras estábamos sentados en el banco del jardín viendo ponerse el sol tras el embalse (antes del incidente del Vega Sicilia y cuando todavía pronunciaba las eses en su sitio) me entró la vena mística y le dije a Carlos que yo sería feliz viviendo con él en un sitio como este el resto de mi vida. Él me dijo «Sí, aquí en invierno se tiene que estar muy bien. Limpiarte la primera meadita de la mañana con un picahielos tiene que ser todo un aliciente.»

Esa es otra de las misiones de una pareja estable. Desalunizarte de una colleja en el momento que sea menester.