Sexo sin drogas y sin rock and roll

Ya he terminado el laberinto. Estoy buscando un minotauro en condiciones pero como estoy en casa ajena, no dispongo de ninguno de mis juguetitos parias. Podría solucionarlo con uno de esos menús de macdonalds que llevan hamburguesa y muñequito satánico, pero no puedo decírselo a Carlos. Después de haber tenido comiendo de su mano a un modelo de vaqueros que ha estado viviendo tres años en Argentina y dos en Singapur, no puedo llegar yo con mis bermudas cargo de cuadritos y decirle que quiero un japimil. Temo que empiece a hacer comparaciones odiosas y termine el pobre llorando en un rincón.

Llevo unas cuantas… muchas… demasiadas noches sin dormir más de cinco horas seguidas. Y aunque es por sexo y guarrería, no tengo mejor cara, ni me brilla más el pelo, ni ninguna de todas esas cosas que aseguran en las revistas para chicas. Yo estoy adelgazando, tengo ojeras y me duermo hasta haciendo pis. No sé a qué viene esta furia testosterónica que nos invade. He revisado los prospectos de todos los medicamentos para la tensión que le mandaron a él y todos los de la escherichia que me mandaron a mí, pero no he encontrado nada. Una señora me ha dicho hoy en la panadería que el pueblo estaba rodeado de roca de granito radioactivo, pero he llamado a Miguel para preguntarle si la radioactividad subía la líbido y todavía se está riendo, así que… mejor será que me tome todo como una cuestión del momento y dedique mis energías a dormir la siesta, metido en un pijama de esos de conejito, como el que llevaba el niño de Donde Viven los Monstruos.

Tripi siente auténtico terror por Vargas. Cada vez que le saco de la jaula, corre a esconderse debajo del aparador. Pesa 200 kilos en canal, tiene todo el aspecto de un lince (con sobrepeso) y se asusta de una mierda de rata. Tchsk… esperemos que al menos la rata tarde en darse cuenta.

Me voy a ver la peli de Karate Kid en el plus. Definitivamente, la radioactividad no me hace menos hortera.