Siempre llega el momento de lo importante

Esta mañana hemos hecho una excursión a Cabezo de Mijares. Y aunque ha sido una sucesión de paisajes maravillosos, no he podido disfrutar de ninguno, porque hace ya dos noches que Peyote no aparece por casa.

Nunca se había ausentado más allá de un par de horas. Ayer estuve todo el día en estado de semimosqueo. Hoy he pasado a las primeras fases del pánico más puro.

Carlos me advirtió sobre la posibilidad de cerrar las mosquiteras para que los gatos no salieran, pero yo no quise. Por el mismo motivo por el que jamás les he puesto correítas, ni mantitas, ni cascabelitos parias. Porque los gatos son gatos y mi derecho a robarles su status de felino y convertirles en perros falderos, es justo y limitado. Puedo evitar que se caigan desde un séptimo piso, pero no que salgan al bosque a explorar cuando estoy en una casa baja aislada con jardín. Ni puedo, ni debería.

Hasta ahora había salido bien. Ellos salían, disfrutaban y volvían, felices y despeluchaos, para comer y dormir. Pero cada uno tiene su personalidad, y si Tripi y Tequila son tranquilos, y se mueven en radios limitados, Peyote está hecho de la pasta de los intrépidos. Yo asumía un 75% de posibilidades de que me diera algún susto. Y aquí estoy ahora. Cagándome en ese maldito 25%.

Esta tarde Carlos y Jokin saldrán a peinar 4 km. en círculo alrededor de la casa para ver si le encuentran. Carlos me abraza y me dice que no me preocupe, que le encontrarán porque no puede estar muy lejos. Pero reconozco su mirada cuando me lo dice y sé que está pensando, igual que yo, en la carretera comarcal sin iluminación que hay cruzando el embalse. Sé que piensa, igual que yo, en todos los conejos atropellados que nos hemos encontrado por los alrededores un día sí y otro también. Y sé que sus palabras de ánimo son sólo para sujetarme. Como siempre.

Me ha pedido que me quede en casa haciendo carteles para repartirlos por el pueblo. No quiere que vaya con ellos a buscar. Dice que soy el que mejor se apaña con el macbook, pero eso es otra mentira obvia. Sé que lo que no quiere es que tenga que enfrentarme a la posible imagen de mi gato aplastado en una cuneta.

Cuando haya pasado todo, sea cual sea el desenlace, tendré que encontrar la forma de agradecerle su ayuda, porque la verdad es que no sé qué coño hubiera hecho si hubiera tenido que enfrentarme a esto yo solo. Por estúpido que parezca, estos animales son mi familia. No sirvo para sustituirlos por otro, como quien cambia un periquito. Las cicatrices que me deja cada uno que se va, son profundas y jodidas. No quiero pasar por eso. Soy egoísta y le necesito. Necesito que vuelva. Me da igual que sea para arañar sofás y tirar cosas de la estantería. Es mi gato pequeño y le quiero igual. Le necesito igual.