He encontrado esto en los archivos de mi antiguo blog. Y como aún estando en un día tan jodido, me he descojonado de risa al releerme, lo voy a transcribir aquí, para leerlo mañana y tener otro motivo para reirme un buen rato.

Es un apunte que hice en mi diario el 15 de enero de 2006.

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Hoy hemos decidido subir al Puerto de Navecerrada a jugar un poco con la nieve. Como amenazaba mucho frío y mi resfriado no estaba del todo superado, Jim me ha hecho poner dos jerseys, un pantalón impermeable y dos pares de calcetines. Luego, Rata ha dicho que lo importante era proteger bien el pecho, así que me ha colocado por encima su anorak de pluma, bien abrochado hasta la barbilla. Entonces, Paco ha dicho que la garganta no podía ir desprotegida, y ha procedido a enrollarme con ocho vueltas su bufanda de lana por debajo de la nariz. Pero Santi les ha dicho a todos que era importante no olvidar mi infección de oídos, y me ha encasquetado su gorro polar hasta los párpados (inferiores). Luego, ya en la puerta, alguien ha reparado en que llevaba las manos descubiertas y me ha calado sendos guantes impermeables de doble forro.

Y así hemos salido a disfrutar del sábado en la montaña. Ellos delante, charlando animadamente con las chaquetas al hombro, y yo detrás, con pinta de acabar de bajarme del transbordador espacial después de seis meses en órbita.

Una vez en Navacerrada, mientras aparcábamos el coche del Rata, he visto que pasaba por nuestro lado el mismísimo Ismael Serrano. Presa de la emoción, he querido bajar corriendo del coche para pedirle un autógrafo pero mis superguantes de doble forro (obviamente no fabricados para desabrochar cinturones de seguridad) junto con la imposibilidad de bajar los brazos, me han llevado a una especie de agonía compulsivo-nerviosa con ciertos toques de “uuugh… ¡babel-bebano! ¡babel-bebano! uuugh…” que ninguno de los presentes ha logrado descifrar a través de mis ocho vueltas de bufanda. Cuando por fín he logrado salir del infierno del cinturón (y eso gracias a que Jim ha asociado mis aspavientos con una urgencia de pis), el Sr. Serrano estaba a más de 100 m. de nosotros. Y aunque he intentado salir corriendo para alcanzarle, no he tardado ni dos segundos en tropezar con las botas militares y caerme, cuan largo soy, de tripa y boca en pleno asfalto nevado.
El daño físico ha sido inexistente (como inexistente hubiera sido si me hubiera caído a un foso de cocodrilos. Vamos…todavía estarían comiendo ropa los pobres animalitos…); del daño psicológico tardaré varios meses en recuperarme. Porque claro… no todos los días pasa uno por la experiencia de que cinco amigos tengan que levantarte del suelo, después de tres minutos largos agitando brazos y piernas en el aire para poder voltearte cuan tortuga, bajo la mirada de las 256.357 personas que ese mismo día descubren cuál es el verdadero significado de “ir a divertirse a la nieve”.

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Consuela esto de ver que hace cinco años ya era un payaso en ciernes.

Sigo sin noticias de Peyote. Ni de nadie que no sea mi estómago que me recuerda con un leve grlgrlgrl que estoy en ayunas alcohólicas.