Hacía mucho tiempo que no estaba yo tan productivo con el blog. Qué razón tenía al decir que cuanto peor estoy, más doy la brasa… Pero bueno, igual da. Estamos en un domingo de casiagosto y nadie lee blogs en agosto, así que… si hay un momento para lloriquear como un mierda, sin duda es este.

Cinco menos diez. Sin noticias de nadie. He estado buscando hasta todo lo lejos que me han llevado los pies. Peyote no está por aquí. Si estuviera, hubiera acudido a mi llamada. Siempre lo hace, incluso cuando no hay comida de por medio. Debería ir haciéndome a la idea de que, sea cual sea el motivo, no voy a volver a ver a mi gato en la puta vida. He puesto algunos carteles por los árboles. No sé para qué coño. Para que lo lean los gnomos.

He vuelto a la casa y he intentado hacerme algo de comida pero todo mi intento se ha limitado a: 1. encender el fuego 2. sacar una sartén 3. apagar el fuego 4. guardar la sartén. Estoy un poco derrotado y eso nunca va parejo al apetito. Es la primera vez desde que le conozco, que no me llama para preguntarme si he comido y me he tomado la pastilla. Supongo que en estos momentos le gustaría meterme el envase entero por la oreja (y digo por la oreja por aquello de ser fino de vez en cuando).

No se que va a pasar ahora con nosotros dos. No se lo que estará pasando por su cabeza y claramente, tampoco le apetece contármelo. Supongo que debería hacer algo bueno por él y quitarme de su vista, pero incluso haciendo la maleta y bajando a Madrid estaré metiéndome en su casa, así que… por ahora, como no me esconda debajo de la cama… o me aguanta unos días, o me aguanta unos días.

Pienso en que puede decirme que me vaya y me rompo por dentro. Bueno… yo quería cambios en mi vida y algo he cambiado.

Exactamente de tres gatos, a dos gatos y una rata.