De nada a todo en 20 segundos

Carlos encontró a mi gato. Cubierto de una especie de grasa negra y enredado en una verja de espino, en un descampado a unos cuantos kilómetros del pueblo. Con un par de heridas leves y aspecto de no haber comido en estos cuatro días, pero por lo demás, vivo y entero. Él no trajo mejor aspecto que el gato. Por liberar a Peyote, se llenó de la misma grasa negra y se rasgó el brazo derecho. Tuvieron que ponerle puntos y la antitetánica, en el centro de salud.

Yo también me llené de la misma mierda, porque pasé cerca de quince minutos abrazado a los dos, como en una estampa de telenovela cursi. Y como estaba en estado esquizofrénico-compulsivo me dió por llorar y Carlos me cogió la cara y terminó de llenarme de grasa hasta las cejas. Grasa en la camiseta, grasa en las manos, grasa en la boca, grasa en el cuello, grasa en la nariz…  Grasa hasta en el culo.

No sé qué bien que era. Parecía lubricante de motor o algo así. Como fuera algo radioactivo, dentro de un par de meses tendremos los tres una leucemia feliz.

Después de cuatro jabonadas (una de ellas con un poco de Mistol), conseguimos limpiar a Peyote. Jokin y Eli se fueron, y yo, aún con pinta de limpiachimeneas viudo, cerré todas las mosquiteras. Si hubiera podido, habría claveteado las puertas, como en lo dibujos. Mientras nos intentábamos quitar la grasa del pelo en la ducha, Carlos me preguntó si me había acordado de tomarme la pastilla. Yo me puse a llorar otra vez. Se me da de muerte cargarme la virilidad en los momentos que más la necesito.

Intenté disimular la vergüenza de llorar como una niña, con unos cuantos kilos de locuacidad estúpida. Ahí, entre espumas y agua negra, le dije a Carlos que Eli llevaba dos años con Jokin, que se había follado a diez tíos y que ahora quería follárselo a él pero que me lo había dicho bebiendo mojitos en ayunas porque yo había sacado una sartén sin haber podido hacerme la comida por culpa de los nervios por si me pedía que saliera de su vida (así… todo del tirón, como un loro con epilepsia). Carlos apoyó la espalda en las baldosas y dijo “Joder, Ariel, estoy cojo por la puta inyección, medio manco por la verja, con arañazos hasta en el culo, lleno de grasa negra y en ayunas desde ayer. Piénsalo, de verdad… ¿qué más pruebas de amor necesitas para estar seguro?”

Yo dije “bueno… podrías dejarme la Harley…”

En ese momento, pudo hacer dos cosas: calzarme una hostia o reirse. Hizo lo segundo, menos mal.

Sobre todo porque una sola hostia de Carlos me dejaría los dientes incisivos asomando por una oreja.