No hay que estar solo en la vida

Bueno, pues… había que pasar por la criba familiar. Yo me esperaba que fuera como en las películas cursis. Que cogiera una copa y la golpeara clin-clin-clin con una cucharilla para luego decir “familia… os he reunido aquí para deciros que voy a casarme y me haría muy feliz tener vuestra aprobación…” pero Carlos no es de película cursi. Ni de copa, ni de clin-clin, ni de discurso. De hecho, hemos acabado de poner nuestros respectivos culos en los asientos y lo ha soltado tal cual. Cuando nisiquiera me había dado tiempo ni a ubicar el tenedor. Certero, frío y sin inmutarse, como siempre. “Ariel y yo nos vamos a casar este Diciembre y necesito testigos para la boda.” Hala. Todos traspuestos y con la boca abierta. Como un fotograma en pause. Un segundo de silencio… dos… tres… cuatro… Y cuando su madre parpadea dos veces y dice “Pero…” , él levanta la mano y la pone al frente. “¡No! No hay peros. Lo siento, os quiero, pero vuestra opinión no me importa. En la línea que yo me muevo es muy jodido conseguir lo que tengo, y soy muy feliz. Así que venga, al tema… ¿quién me puede hacer de testigo en Diciembre?”

Y entonces todos se miran… me miran… miran a Carlos… se vuelven a mirar… y la ola se rompe. Se ríen, se abrazan, gritan frases en euskera que no entiendo, levantan copas, piden vino… Eneko le dice al camarero que traiga dos botellas de ribera porque su hermano mayor se casa y hay que brindar. El camarero estrecha la mano de Carlos y luego mira la mesa de punta a punta como diciendo ¿y dónde coño está la novia? Su madre me coge la mano y me dice que está muy contenta. Tiene los ojos húmedos debajo de las gafas. Coge el brazo de Carlos y le dice “ya te veía yo solo para siempre… ya te veía yo solo y eso no es bueno, Carlos… no hay que estar solo en la vida…” Yo me contagio. Me dejo llevar. Es verdad que me siento feliz. Urko me abraza “¡ven aquí joder!” yo le digo “vamos a ser cuñados…” y él me contesta “¡qué coño, cuñados! ¡ya tienes seis hermanos, hostia! ¡para lo que te haga falta!” Samu se levanta y dice “¡Eh, eh! ¡y además es el pequeño! ¡las collejas para él!” Se ríen. Carlos me coge la muñeca por debajo de la mesa. “Aguanta un poco más. En cuanto pase el postre nos largamos…” yo le contesto “hey, no… si estoy bien… esto mola todo.”

Terminamos todos en el bar de Jon. Estoy bebiendo aguardiente de mora con Samu y se nos acercan dos chicas. La más alta me dice “¿Sois todos hermanos?” Como la chica es guapa, Samu se estira como un gallo. Saca pecho. “Sí. Nosotros somos los pequeños y los mejores de todos…” El pollo ligón. Ellas se ríen. A mí se me enrojecen un poco las orejas. La chica señala a Carlos con la cabeza. “¿El de la camiseta verde es también hermano vuestro?” Samu me mira. Sonríe enseñándome todos los dientes. “Ese es Carlos. El mayor. Ya está carroza.” Las chicas se miran y se ríen. “¿Y tiene novia tu hermano, o qué?” Samuel me da un codazo. Sin disimular ni lo más mínimo. Yo digo “No tiene novia.” Samu suelta una risita de conejo. La chica se da cuenta de que algo pasa. Entrecierra los ojos. “¿Seguro?” Vacío el chupito de un trago. “Te puedo dar seguridad absoluta de que no tiene novia.” La chica se ríe “¿y nos lo presentáis o qué?” Samu suelta el vaso como si le hubieran metido un cubito de hielo por el culo “¡hombrequesitelopresento! ven ven ven…!” mientras se lleva a la chica, se da la vuelta, me guiña un ojo y susurra “Esto no me lo pierdo, tío…”