La sensatez del insensato

No se si es un buen momento para escribir, tengo la cabeza como una patata cocida y sigo enredado en las tardes de chuminadas twitter-guarras con el superhéroe (tengo que dejar de twittear PERO YA). Sin embargo, un cuaderno de bitácora es un cuaderno de bitácora. Así que… hala. Marejadilla y tirando.

Eli y Jokin se han separado. Me siento culpable. Creo que la chispa de la dinamita la encendí yo como un gilipollas en la cocina, al abrirle los ojos por cojones a su mundo de amores diminutos. Y cuando le digo a Carlos «no tenía que haberle dicho nada a Jokin aquel día…» para que me conteste que no, que no es culpa mía, él pone cara de malo y dice «Pues claro que no tenías que haber dicho nada.» Y me deja aún peor de lo que me coge (lo que es la sinceridad nunca será nuestro problema). Ahora Jokin pasa las tardes y algunas noches con nosotros. Intenta parecer curtido y desenfadado pero no le sale demasiado bien. Le veo la tristeza hasta en los calcetines. Si enamorarte de un superhéroe conlleva cierto peligro, enamorarte de un supervillano es aún peor. Por debajo de cachas, encantos y trucos de magia, pueden dejarte el corazón hecho mierda en un vengoyvoy, mientras tú todavía conservas la carita cretina del «me ha aniquilado pero es que es tan guapo…»

Cambiando de tercio, empiezo a entender un poco por qué Carlos no quería implicar a su madre en el asunto de la boda. Desde el domingo pasado nos ha mandado un total de 28 catálogos de salones, fincas, palacios y caterings para celebraciones de enlaces. Todos inmensos. Como para saraos de 100 ó 200 personas. Me parece que la buena mujer se olvida de sumar a mi familia inexistente. De hecho… creo que no podría invitar a 200 personas, ni aunque me dedicara a repartir las invitaciones en la puerta de un burguer king. Pero a ella le da igual. Escribe constantes correos a Carlos pidiéndole que le vaya pasando la lista de invitados para tener en cuenta los cubiertos. Y Carlos le responde siempre adjuntando una hoja excell en la que escribe: «Invitado 1: Ariel – Invitado 2: Carlos. Fin de los invitados». Ella lo recibe y le contesta «Muy gracioso, pero pásame la lista antes del viernes…» y él vuelve a enviarle de nuevo el mismo excell. «Invitado 1: Ariel – Invitado 2: Carlos. Fin de los invitados». Así hasta el infinito y más allá.

Con ese tira y afloja llevan ya cuatro días. Me pregunto quién se cansará antes. Apuesto a que ella. Carlos tiene una dilatada experiencia en tocarte los huevos con la tranquilidad de un mahatma. Si lo sabré yo.

Le he pedido a Miguel que sea mi testigo. Ha abierto tanto los ojos cuando le he dado la noticia, que casi he podido verle el cerebro. Me ha preguntado cinco veces si estaba seguro de lo que iba a hacer. «Ariel, no puedes casarte con alguien con quien llevas seis meses…» Le he dicho que tenía razón. Que no podía. Pero que iba a hacerlo. Me ha dicho que esto no era como lo de tirarse por la escalera con la bicicleta. Que no era cuestión de adrenalina, sino de sensatez. Le he dicho que Carlos y yo siempre estaríamos juntos. Él ha dicho «Eso no puedes saberlo…» y yo le he dicho que tenía razón. Que era cierto que no podía saberlo. Pero que lo sabía.

He vuelto a trabajar. Soy como una mosca en el desierto. Cuando levanto la cabeza sólo veo pantallas de ordenador vacías sacándome la lengua y diciendo «pero qué coño harás aquí…»