El romanticismo del clic

Qué idiota estoy. Ocho horas escuchando canciones de amor. Emocionándome con un baboso bolero del baboso Luis Miguel. Sinceramente, me doy asco. Seis meses deberían haber sido suficientes para iniciar la cuesta abajo. Es más… a estas alturas debería estar ya en la cómoda fase de la estabilidad. Esa en la que te sientas a ver la tele con un huevo asomando por los calzoncillos viejos y sin pensar que tenga ningún tipo de consecuencia para la relación. Pero no. Yo sigo subiendo… y subiendo… y subiendo… y todo se va a haciendo más perfecto… y más perfecto… y más perfecto… ¿Dónde coño voy a terminar? ¿en algún tipo de estratosfera cósmica amorosa donde los cervatillos disney llevan escafandra? Si al menos me ayudara un poco… No se. Si roncara… Si le diera al anisete… Si se rascara el culo en la mesa… Pero nada. Le busco y le rebusco y no me deja encontrarle nada que me haga aterrizar. Por el día es muy bueno conmigo y por la noche lo suficientemente malo. Divertido, perverso, comprensivo, inteligente, me sigue el juego, me hace reir… ¿de dónde coño saco el tren de aterrizaje? ¿me lo dibujo?

Hace poco le decía a alguien que en estos momentos me siento un poco como Heidi en el columpio; con los pies sobre el abismo más absoluto y sin embargo, riendo como un imbécil con toda la boca abierta. Pues eso.

Al final me dejó probar la Harley (consecuencia directa de que los nepomuks muramos con las flicfloc puestas). Y de nuevo me convertí en la crónica de un desastre anunciado. Demasiada moto para tan poco hombre. Creo que tardé unos dos nanosegundos en volcarla. No sé cómo coño lo hacen los demás. Yo me limité a frenar y pumba. Así… directamente. A cámara lenta, sin despeinarme y sin que se me moviera ni el casco.

Mientras me levantaba e intentaba inútilmente hacer lo propio con la moto, me giré hacia la puerta del garaje, pensando que se cabrearía mucho conmigo y me llenaría de aspavientos y yatelodijes, pero en realidad, tanto él como Jokin mantuvieron calma de jedis. Calma de jedis descojonados, claro. Carlos dijo: «me recuerda a cuando de pequeño jugaba a montar los clics en el tanque del madelman…»

Sinceramente, creo que en mi vida me han clavado con una metáfora tan perfecta.

Me ayudaron a incorporar la moto (lo que pesa aquello es algo que no se puede describir con palabras). Luego Carlos montó detrás y me enseñó a mantener el equilibrio. Hicimos un segundo recorrido impecable, en el que mi orgullo de machito-ponce no me dejó ver que era él quien estaba manteniendo realmente la moto en pie. Le dije «venga, baja, baja… ahora yo solo, ahora yo solo…» Él dijo «espera, prueba un poco más conmigo…» y yo dije «quenoquenoqueno… baja coño, que ya puedo.» Se bajó. Arranqué. A los dos minutos empecé a flanear. A los tres paré, y a los tres y medio, volví a besar el suelo como el Papa.

La segunda vez no intenté levantar la moto. Sólo me atusé, fui hasta Carlos, le puse el casco contra el pecho y le dije «Vale, tenías razón. Pesa mucho para mí» y me metí para dentro, con toda la dignidad de que fui capaz, a buscar tiritas y mercromina. Sin llorar y sin llamar a mi mamá, pero en un tris de poder llegar a hacerlo.

Si yo fuera él, no estaría conmigo ni aunque me hubiera entrado a mí mismo de premio con los cromos de un bollycao.