Halavenga…

Me ha enviado margaritas al trabajo. No una macetita con lazo, como sería cursi y menester, no… Me ha enviado cerca de… yo que se… 48 ó 49 ramos, todos juntos al alimón. Así… a mogollón y sin tarjeta.

Me lo han tenido que traer hasta mi mesa entre dos. He pasado tanta vergüenza que la camiseta de cocacola me ha hecho un fundido en rojo con las orejas.

Como no sabía dónde coño esconderme, les he dicho a todos que lo había encargado yo, para unos amigos que se casaban. La señora Virtudes me ha mirado con expresión de “encima de nenaza, mentiroso”. Alguien ha dicho que el amor era muy bonito y yo he terminado de colorearme del todo. Nariz… mentón… párpados… dedos gordos de los pies… He intentado poner cara de Chuck Norris y decir “sí, estos amigos que se casan están muy enamorados” pero me he puesto tan nervioso que me he trastabillado y me ha salido un gruñido tipo “grl…bigos-decasan-urados…grl…” además de pillarme, encima, un dedo con la grapadora.

Yo creo que a lo largo de mi vida le habré contado a unas diez personas que me gustan mucho las margaritas blancas. Y también creía que ninguno de los diez me estaba escuchando en ese momento.

No contaba con que en realidad, eran nueve personas y un superhéroe.

Todo esto no me ayuda una mierda para el aterrizaje.