El apunte tontería de un segundo

En estos momentos yo debería estar en el cine viendo sangre, pero tengo un superhéroe sobando a pierna suelta en la cama que hay justo frente a mí. Y además con la típica forma de sobar de cuando eres feliz. Almohada abrazada con brazo derecho, mano izquierda colgando fuera del colchón, despatarre absoluto, ocupación central-diagonal del ancho de toda la cama, reseteado total de apuntes mentales «a-las-nueve-toca-levantarse», etc.

Los sobados felices son como los sonámbulos. No se pueden despertar bajo ningún concepto, así que… hoy no tendré cine, pero tendré blog. No hay mal que por bien no venga.

Ando un poco mareado. Como si las cosas giraran muy deprisa a mi alrededor. No es una sensación desagradable, es un vértigo amistoso. De los que molan. Como cuando bajas por el tubo de un parque acuático y vas a toda hostia, sabiendo que terminas en blando. De vez en cuando me siento con Jokin en el columpio-sofá de las margaritas horteras que hay en el porche y hablamos. Dice que está seguro de que terminará solo y que debe ir asumiéndolo. Yo le digo que no asuma nada. Que la vida no es algo que se pueda atar y dirigir como a un perro. Dice que soy un chico con «pensamientos curiosos». Creo que lo que quiere decir es que soy raro. Bueno. Es la verdad. He estado asumiendo que acabaría solo desde que tenía… ¿ocho años? pues hala. Todo un derroche de energía asumidora pa ná. ¿Qué coño sabemos nosotros de por dónde nos terminará llevando la vida?

Le he dicho a Jokin que le acompañaré de bares para que se distraiga y encuentre a alguien majo que mate al supervillano. No sé por qué coño le he dicho esa tontería. Soy la última persona en el mundo de quien debería acompañarse para ligar. Ni sé dónde coño ir, ni tengo gracia para hacerlo. Como no le acompañe a los autos de choque…

También le he pedido que me diera su opinión sincera sobre todo lo que estaba pasando entre Carlos y yo. Como son amigos desde hace veinte años, esperaba que me dijera lo mismo que había dicho Miguel. Que era pronto para tomar decisiones y que nos estábamos precipitando. Pero no ha dicho nada de eso. Ha dicho que Carlos y yo jugábamos sobre seguro porque éramos «dos mitades de lo mismo». Me ha parecido lo más bonito que me habían dicho en mucho tiempo, así que he tenido ganas de matar al supervillano de verdad, y de que Jokin fuera feliz con sus pelos despeinados, sus camisas de dibujos raros y sus kilos de alma pura.

Voy a echar mucho de menos esta casa cuando nos vayamos. Toda entera. Hasta el columpio-sofá de las margaritas horteras.