Tsunamis laborales y de alcoba

Tengo que decirle al Jefe que voy a casarme con un hombre. Y me está pasando con eso como con lo de montar en las montañas rusas de ocho loopings. Con tiempo previo me parecen hasta divertidas, y según se va acercando el momento, se me van encogiendo los huevos hasta terminar adquiriendo la consistencia y el volumen de dos grosellas de Chinchón.

Temo que al final tenga que dar la noticia con el mismo tono de voz que Gracita Morales, y que eso no contribuya mucho al afianzamiento de mi virilidad frente al enemigo.

Para Carlos no es un problema, claro. Él dispara las frases a bocajarro y luego pone esa expresión suya tan característica de «y si te molesta tira de esta». Es el amo de la predisposición psicológica. El maestro del control situacional. Cuando Carlos te dice «Lo siento pero tengo que matarte y hacerme unos calcetines con tu pellejo», tú respondes «Jo, lo entiendo tío. Gracias por decírmelo.»

Pero yo no soy así. Yo soy inseguro, soy enano y tengo a 46 prejubiladas pidiéndome todos los días que les enseñe la foto de mi novia. No sirvo para crear tsunamis. Incluso a pesar de trabajar en flicflocs y camisetas de Cobi… no sirvo. Me mola estar en mi rincón y guardar secretos de alcoba. Soy un el puto fan de los secretos de alcoba. De hecho, sé a ciencia cierta que desde que me metí con el tamaño de la cabeza de Sara Carbonero, todo el personal masculino de mi empresa vive en el total convencimiento de que mi actividad sexual empieza y termina matando orcos en el warcraft cada fin de semana y fiesta de guardar.

Y bueno… sumamos al quid de la cuestión que mi Jefe no es el rey de la discreción precisamente. Yo se lo contaré sobre las diez, y a mediodía lo sabrá toda la planta. Cuando den las cuatro, todo el edificio. Y para cuando nos vayamos a las seis, ya habrá alguien en alguna agencia perdida de Matalascañas que me envíe un mail diciendo «Enhorabuena, por tu boda. Aunque no sé quién eres, no tenía ni idea de que fueras maricón…»

Y la señora Virtudes… no quiero ni pensar en la señora Virtudes. Se acabó lo de traerme empanada casera y mantecados de Almagro. Ahora me traera miradas crueles y estampitas de la Vírgen de los desviados (que fijo que existe por algún sitio). Y no solo eso. Ya nunca jamás podré bajar a las aulas a ligar con las chicas de prácticas. Nunca. Ni perseguiré a las pelirrojas, ni se pondrán coloradas cuando les comente lo bien que les sienta la falda. Ahora se limitarán a darme cuatro besos, a contarme que la compraron en Zara y hablarme largo y tendido sobre los pormenores de su regla.

Señor, Señor… qué difícil es la vida bisexual en camiseta de Cobi.