Superhéroes con superpelotas

El frigorífico navacerradense no enfría. Una pena no estar en enero. Una simple vueltecita al jardín con la cocacola bajo el sobaco, bastaría para tomarla en granizado.

He salido a correr con Carlos. Debe ser la cuarta o la quinta vez que lo hago desde aquellos aciagos tiempos en que iba a babearle la nuca a las pistas del canal. También es la cuarta o quinta vez que se me olvida que correr con Carlos es suicidarte con amor. Él sale disparado… tú intentas seguirle… él frena el paso para que no te de un ictus… tú aceleras para que no tenga que frenar el paso… él se cree que es tu paso de verdad y te lo mantiene… te da el ictus… él te lleva en volandas a la fuente… tú agonizas lentamente mientras él hace dos millones de flexiones con un brazo… En fin. Una juerga deportiva. Sin embargo, quiero ponerme en forma. Quiero poder ser capaz de sostener una moto de alta cilindrada como las personas normales del mundo mundial. Debería buscarme una pista de entrenamiento donde practicar yo solo. Una que no tuviera mucho recorrido y que estuviera al alcance de mi forma física, como por ejemplo… no sé… la vuelta a la cibeles, o algo así.

Sigo sin decirle nada al Jefe porque a veces Dios existe y lo manda de viaje a Córdoba. Volverá el lunes. Carlos ha venido a buscarme esta tarde y como ha llegado antes de lo previsto, ha dejado la moto en el parking y ha subido a buscarme a planta (con dos cojones). Los dos minutos escasos que ha tardado en dejar la moto, subir las escaleras, preguntar en recepción y recorrer el pasillo, han sido los de más expectación en la historia del edificio, desde su inauguración en 1975. Creo que cuando vino Esperanza Aguirre no hubo tantas cabezas prejubiladas asomando por las ventanas. Han salido a mirar hasta las que estaban en el wáter. Daría mi huevo derecho por tener un 10% del éxito que tiene Carlos con las mujeres. De hecho, creo que daría hasta el izquierdo.

Yo estaba ayudando a Doña Natividad a hacer una fotocopia del DNI cuando le he visto aparecer por el pasillo, con sus botas de motorista y su paso militar. La señora Nati me ha sacado del estupor con un codazo y ha dicho “miraesoqueviene… parece un anuncio de colonia…” Inmediatamente después, hemos visto aparecer detrás de la camiseta de Carlos a una de las chicas de recepción, siguiendo sus pies con trotecito cochinero, y diciendo a voz en grito “¡Serlik, pregunta por ti! ¡dice que es tu pareja! ¡le he dicho que pase!”

En ese momento he tenido profundos y oscuros deseos de matarle. De desollarle con un abrecartas. De dejarle k.o. de un grapadorazo y esconderme a pasar noche en el armario de las fotocopias. Pero no he hecho nada de eso. He recogido lo más dignamente que he podido y he salido de allí todo lo rápido que me han dado de sí las converse. A mi espalda, Carlos daba besos y estrechaba manos según iba avanzando. Lo último que he oído al cruzar la recepción, ha sido la voz de Doña Natividad diciendo “¿¿ha dicho que es su pareja??”

A veces, no viene mal para el destino que yo sea flaco. Porque desde luego, si hoy hubiera conducido yo la Harley, Carlos a estas alturas estaría serigrafiado en el asfalto, a la altura de Villalba.