La vida te da lecciones, lecciones te da la vida

Hoy he ido a trabajar con pantalones militares y una camiseta de supercoco.

No suelo hacer ese tipo de cosas. Bueno… un poco de pinta de subnormal suelo llevar siempre, pero digamos que estos días de ausencias laborales veraniegas, bajo la guardia aún más si cabe, y me visto cada mañana metiendo la mano a ciegas en el armario y plantificándome las cosas según vayan saliendo. Por eso las camisetas de Cobi. Por eso las flicfloc de camuflaje. Por eso las palestinas chungas de colores indescriptibles. Porque desde el dormitorio al garaje no paso, lo juro, por ningún espejo. Por ninguno. Y sólo soy consciente de que voy hecho un mamarracho, cuando me toca el primer pis de la mañana y me descubro en el espejo del wc del trabajo. Entonces me miro y pienso “anda, mira dónde estaba aquella camiseta asquerosa que me regalaron los del telepizza…” y sigo con mi existencia tan pichi, porque los irresponsables somos así. Irresponsables.

Hoy yo debería haber ido a trabajar con un aspecto medianamente presentable, teniendo en cuenta que ayer cinco plantas de edificio al alimón fueron conocedores de lo que hago en mi tiempo libre con el escroto. Con semejante percal esperándome a las 9:00h, pasar desapercibido hubiera sido lo correcto, adecuado e imprescindible para la situación. No sé… unos vaqueros pulcros… una camiseta lisa… una bolsa de papel para la cabeza… Pero claro, yo he venido en pantalones militares, camiseta de supercoco y gafas de Marion Cobretti.

Entonces ha sido cuando Carlos me ha dicho que pensaba llevarme a mediodía a su estudio para presentarme a sus compañeros.

Presentarme. Así, en pack completo. Con mis pantalones militares, mi camiseta de barrio sésamo y mis gafas de chuloputas.

Lo peor no ha sido pasearme por todo el estudio hecho un payaso. Ni tartamudear, ni tirar el agua en el comedor, ni golpearme la cabeza contra una cámara del plató. Lo peor es que Carlos estaba orgulloso. Es decir… no es que lo fingiera y disimulara como un campeón. Es que lo estaba de verdad. Me cogía de los hombros y me enseñaba con orgullo a cada miembro de su equipo. Y a las de recepción. Y a los de seguridad. Y a las maquilladoras. Y al chico de los bocadillos. A todos. Les decía que yo era dibujante, que nos casábamos en diciembre, que quería enseñarme Vietnam, que se me daba bien escribir, que tenía tres gatos. Y cada vez que alguien me miraba el supercoco con ojos de “sapristi-quellevaeste”, él sonreía y decía “Tiene un armario lleno de esas. Creo para la boda llevará una parecida.”

Y lo decía con una seguridad pasmosa, como siempre. Mirando directamente a los ojos. Sin inmutarse, sin avergonzarse, sin dudar. Haciendo que todo el mundo se alegrara por nosotros y nos diera la enhorabuena. Convirtiéndome de mamarracho surrealista en… no se… algo valioso y original.

Ayer yo recorrí el pasillo de mi oficina a toda hostia, acojonado como un boquerón y dejándole atrás, para no tener que presentarle a nadie. Y eso añadiendo que él no llevaba camisetas parias, ni pantalones de rastrillo. Así que ahora me siento… no sé…

Como un gilipollas miserable en camiseta de supercoco.