Quiero volver a tener un blog blanco y rojo

Le digo a Carlos que es mi ruina como blogger. Que no me deja publicar, ni me deja dibujar, ni me deja cambiar la plantilla. No es que me lo impida de ninguna forma. Es sólo su presencia. Él está ahí, regando el jardín y eso me basta para no tocar el blog.  Se me queda el corazón como en conserva.

Hoy he he hecho sexo en un cuarto de montaje, a la hora de la comida y en mi jornada de trabajo. He hecho tres cosas que no se deben hacer nunca. Ni juntas, ni por separado.

Me ha dicho “tú entra, que sólo vamos a comer”. Yo he dicho “pero esto no es el comedor.” Él ha repetido “que sí, que vamos a comer, tú entra”. Yo me he puesto nervioso “¡pero que no puedo faltar más de una hora!” y él venga a empujarme “bueno, con una hora me sobra, tú entra”. Me he reído mucho. Siempre me río mucho con sus maldades. Los tipos completamente buenos no son recomendables para la salud. No te ríes ni la mitad que con los medianamente malos. Nos hemos reído tanto que alguien ha llamado a la puerta. Se me ha helado la sangre un poco en las venas. He querido escabullirme cuando me tenía sujeto, y me ha roto el pantalón. Traca-traca-trac. Tres botones y media cinturilla a tomar por culo.

Así que he hecho sexo. Con los pantalones rotos y contra una máquina llena de pantallas y teclas que no se ni para que servía. Detrás de una puerta cerrada con llave. Oyendo los pasos de los que cruzaban el pasillo. Los tacones de las azafatas de concurso. Las suelas brillantes de los presentadores de telediarios. Las botas de los auxiliares de cámara. tip-tap-tip-tap. En dos minutos he olvidado por completo que me quería ir. No me acuerdo de cómo he llegado hasta el suelo pero lo he hecho. Tenía esa sensación de… no se. Como de agotamiento feliz. Como cuando te asomas a una montaña y gritas.

Cuando hemos terminado de hacer lo que no debíamos hacer, ha abierto un armario y ha sacado dos sandwiches de esos envasados. Ha dicho “¿ves como íbamos a comer?”

He comido sandwich de pavo y zumo de naranja en el suelo de un cuarto de montaje, con medio culo al aire y un vasco zumbao. No me reconozco mucho. Me debo de haber quedado en la casa de Malasaña y no me he dado cuenta. A lo mejor, cuando vuelva a Madrid la semana que viene me encuentro.

Le he dicho a mi jefe que iba a casarme con un hombre. Se lo he dicho enseñando los calzoncillos por los pantalones rotos y con las marcas de los dientes de Carlos en el cuello. Mi jefe no se ha extrañado. Me ha recomendado que no aireara mucho la noticia. Al contárselo a Ana, se ha cabreado cantidad. Yo no. A mí me la pela todo. Soy feliz y hago guarradas en los cuartos de montaje.