Nunca fue una buena idea

En medio de una cena yo me escapé al jardín para hablar por teléfono con J. No fue la mejor de mis ideas, pero cuando descolgué él me estaba mirando fijamente con esos ojos inquisitorios suyos . Lo único que se me ocurrió fue fingir buscar algo bajo la mesa o salir al jardín, y la opción dos era bastante menos imbécil.

La llamada no había tenido la menor importancia. J. suele acordarse de mí cuando tiene un bache emocional. Es su naturaleza. Y eso no me otorga ni mayor, ni menor trascendencia en su vida. Sólo estoy ahí y le vengo bien para hablar. Pero claro, son cosas que aprendes después de siete años y que no puedo pretender que nadie entienda en tres días. Se mosqueó. Bueno, vale. Normal. Yo también me habría mosqueado si hubiera tenido al autobusero contándole confidencias nocturnas. Aún así fue discreto y no me siguió hasta el pie de la higuera para ver qué coño nos decíamos. Sólo cerró ahí la cosa y pareció olvidarlo.

Y J. volvió a tener otro bache emocional. Y volvió a llamarme para contármelo. Y Carlos, casualmente atrapador de teléfonos ajenos, le invitó a comer hoy. “Me ha parecido que no había nada de malo en que nos conociéramos. Me gusta conocer a tus amigos”. No quiso terminar la frase como le hubiera gustado terminarla “me gusta conocer a los que te han pasado por la piedra y te siguen llamando”. No. Él fue políticamente correcto con pequeñas dosis hipocresía elegante.

No he pegado ojo. No me gusta lo que prevee el día de hoy. He llamado a J. para pedirle que no venga y se ha reído “a ver si te crees que nos vamos a pegar”. Le he pedido a Carlos que suspendiera la comida y me ha dicho que me relajara. Que sólo sería una reunión de amigos sin más.

No me gusta esto. No me gusta lo que se esconde detrás y desde luego, no me gusta un pelo lo que asoma por delante. Todos tenemos un día que no deberíamos vivir. Bienvenidos al mío.