Espera plantilla espera…

Hoy me he hecho una foto de familia. La primera foto de familia que me hago en mi vida (obviamente). Era un regalo para la madre de Carlos que en Noviembre cumple 60 años y ha sido una especie de foto a mogollón, en la que la mitad íbamos de blanco y la otra mitad de negro. A mí, desgraciadamente, me había tocado el blanco, así que he estado dos horas esta mañana probándome todo tipo de camisas y pantalones sin ningún tipo de éxito. El blanco no me sienta bien, tengo la piel oscura. Siempre termino pareciendo una mosca de comunión. Al final me he puesto unos vaqueros blancos ochenteros y una camiseta. Para no dejarme solo, Carlos ha hecho lo propio, pero en negro. Íbamos por la calle como dos teclas de piano. Parecía que de un momento a otro nos íbamos a poner a cantar el Say, say, say. Cuando hemos llegado al estudio, ha resultado que todos llevaban ropa elegante. Pantalones de raya, camisas de vestir… hasta unos tirantes con pajarita, he visto. Yo me he cortado un poco. Carlos no. En cuanto su cuñada ha intentado cambiarnos de ropa, ha dicho “Que no, que no, que este conjunto está estudiado. Somos gays, sabemos qué es lo que se lleva.”
Es mentira. Se lo ha inventado. No tenemos ni puta idea de lo que se lleva o se deja de llevar y además nos importa un pimiento albaceteño. Pero como me convenía, le he seguido la gilipollez improvisada y he puesto cara de que sí. De que eso de llevar vaqueros cutres ochenteros era la hostia en las pasarelas del mundo mundial.

Ha sido muy difícil mantener a 16 personas quietas y calladas. Tan difícil que no lo hemos conseguido. Cuando uno no salía con los ojos cerrados, al otro se le escapa la risa o el de más allá salía rascándose algo comprometedor. Un desastre. El fotógrafo no podía mandarnos a tomar por culo porque era compañero de Carlos y los compañeros no hacen eso, pero se le veía claramente en el rictus de la boca que el pensamiento le estaba comiendo el hígado. Al final, después de hacer unas 358 fotos (más o menos), Samuel ha dicho “venga, ahora como despedida chorra, contamos hasta tres y damos un salto al estilo High School Music” Y eso hemos hecho los 16. Un, dos, tres… ¡yépalaaaaaaa! Ha faltado muy poco para que nos cargáramos de cuajo el entarimado.

Carlos se ha quedado con los negativos de las 359 fotos para trabajar en ellas y sacar la más decente para la ampliación. Dice que tiene claro que la única que va a valer algo va a ser la del salto y que su madre estará condenada a tener colgados de la pared a sus 16 hijos+políticos+nietos, haciendo el gilipollas para toda la eternidad.

Bueno, podía ser peor. Podíamos haber tenido que hacer el gilipollas en tirantes y pajarita.

Mi compañero lleva toda la semana regando la planta de plástico. Y el post-it sigue ahí. Pegadito en la maceta y sin que nadie se haya percatado de que dice algo importante. No sé bien qué hacer ahora. Si decirle la verdad y que todo el departamento se descojone a su costa o cambiar la planta destrangis y que aquí no haya pasado nada. Las dos opciones me tienen en un sinvivir. No vuelvo a cuidarle nada a nadie. Nunca. Jamás. Never.