Superhéroes que no vuelan

A Carlos le ha faltado el pelo de un calvo para matarse esta mañana con la bicicleta.

Hubiera sido curioso. Tardar tantos años en encontrar a alguien que encajara tan perfectamente conmigo, y perderlo en ocho meses. Hubiera sido como volver de nuevo al yo de antes. Pero más vacío y mucho más roto. Cuando lo pienso, siento que me crujen las tripas y tengo ganas de llorar. Me está costando mucho aguantar hoy el tipo para no parecer un zángano llorica. Los “podría haberse…” me tienen y me tendrán toda la semana el corazón jodido.

No sabe cómo ha sido. No recuerda mucho. Dice que bajando por un camino de arena le salió un animal al paso que no llegó a ver bien, y que se le metió entre las ruedas. Dice que voló en la curva y que lo siguiente que recuerda es estar tumbado boca arriba, un dolor terrible en la cabeza, y ver las hojas de los árboles enfocándose poco a poco. El casco se le partió en dos. Cree que estuvo inconsciente; no sabe si segundos, minutos u horas. Tiene traumatismo craneoencefálico, una ceja abierta, el ojo completamente morado e hinchado, una costilla fracturada y distensión de ligamentos en el tobillo izquierdo. Me ha llamado desde el hospital. “No te asustes Ari, pero me he roto un poco…” Yo sí que me he roto un poco. Ruta de campo, él solo, sin teléfono móvil, en un día de diario, a las ocho y media de la mañana y haciendo el cabra con velocidad excesiva (a qué hostia iría si no le ha dado tiempo ni a ver qué bicho se le cruzaba). Si se hubiera partido el espinazo en uno de los recodos, no le habrían encontrado ni en tres días.

Le han hecho mil pruebas y le han puesto una férula-escayolafuturista en el tobillo. El encefalograma y la resonancia cerebral han dado normal, pero su madre me ha dicho que debo estar atento a cualquier síntoma o comportamiento anómalo que pueda notarle en las próximas horas, como pérdidas de memoria, disfunción del habla, visión borrosa, parálisis facial o boca espumosa. Carlos le ha preguntado si eso también incluía los momentos de sexo. La enfermera se ha descojonado. Yo no. Yo sólo he tenido deseos de ponerle morado el otro ojo.

He pedido el resto del día libre. Cada cinco minutos, voy al dormitorio y me asomo a mirarle. Él abre el ojo bueno y me dice “Sin espumarajos y todo sereno.” Y entonces, sí… me río, claro.

Pienso que hubiera preferido mil veces que me pasara a mí en vez de a él. Y justamente con esos pensamientos tan idiotas, con esos topicazos tan ñoños llenándome la cabeza… es cuando me doy cuenta de que le quiero.