Va a ser una noche movidita…

El neurólogo quiere hacerle más pruebas a Karlos. Y he debido de poner cara de oveja cuando lo ha dicho, porque se ha dirigido a mí para explicarme que los golpes en la cabeza que provocan una pérdida de sentido, hay que tratarlos bien a fondo para prevenir sustos.

No me apetece que le pase nada. Soy un mierdero egoísta y no me apetece. No tengo palabras para describir lo que supone que te abrace por las mañanas en la cama. Es como si cada minuto que pasase con esa sensación, me valiera una vida entera. Cuando se lo cuento a Miguel, él me explica que eso es simplemente porque no estoy acostumbrado al mimo, y que, me abrazara quien me abrazara, me iba a parecer igual de maravilloso.

Yo asiento con la cabeza mientras pienso: “Ya… Y una mierda de pato”.

Se ha quitado la férula del tobillo chungo y camina más o menos bien. Le dijeron quince días, pero se los ha pasado por el forro. Tiene más huevos que el caballo de Espartero. Apuesto a que si fuera yo el del tobillo chungo, me habría hecho poner de nuevo la férula a punta de escopeta. Pero claro… el hermano mayor es el que hace lo que le sale de los huevos, y el pequeño, el que hereda los jerseys con coderas.

Mi compañero me pilló con las manos en el espatufilo. Era de preveer. Lo más paradójico del asunto es que yo no iba a cambiarlo, sino a quitarle el post-it. Pero gracias a eso, lo ha visto (miratúpordonde), lo ha leído y se ha dado cuenta de la gilipolllada que lleva haciendo desde hace dos semanas con la regaderita. Primero se ha reído. Luego, cuando ya han empezado a reirse los demás, ha dejado de hacerlo. Yo no sabía cómo pedir más perdones. Lo único que me ha faltado ha sido limpiarle los zapatos con la manga. Me ha dicho que no me preocupara, que no había sido culpa mía, pero no lo ha dicho de verdad. Se lo he visto en los ojos. Sé que le hubiera gustado meterme el espatofilo por el colon y después sacar un lanzagranadas y aniquilarnos a todos de un bombazo.

Los 10.000 chicos de al lado están tocando la guitarra otra vez. No lo hacen nada mal. Casi me apetece sacar una botella de anís y un cuchillo para hacerles los coros.