Nananí nananá nananino…

A ver, a ver, a veeeer…

Fuimos al concierto de George Michael. Yo iba todo el rato diciendo “esto es muy gay…” “esto es demasiado gay…” y todos me iban contestando “te vas a comer tus palabras…” “te las vas a comer…” Pues sí, me las comí, sí. Un puntazo. Una explosión para los sentidos. La puesta en escena espectacular, la orquesta sinfónica acojonante y su voz… joder, su voz… cantando Different Corner se me erizó el vello del cogote y aún a estas alturas lo tengo como un pavo en Navidad.

(N.del A: Esto de poner el título de la canción no es porque me las sepa todas y sea así de guay. Es porque me la ha chivado el vasco. Para mí todas son nananí-nananá-nananino y chuto)

Fuimos con Jokin, con Eli y con dos o tres cabagge patch kids de esos que no sé qué idioma hablan, pero que siempre están sonriendo con aspecto de orgasmo feliz. Ellos sí se sabían las canciones. Cantaban a voz en grito y se levantaban cada dos por tres. Los que estaban sentados detrás se cagaron en nuestros muertos unas veinte veces (ayer aprendí la norma no escrita de que en todo concierto “de sentado”, uno no debe levantarse hasta que no se pida el bis). Las tres palabras que más le oí pronunciar a Karlos en toda la noche fueron “fuck” y “sit down”. Parecía un adiestrador de perros.

Luego nos fuimos a tomar mojitos a una terraza y pasé unas de mis horas felices. Mis horas felices nunca avisan. Llegan de improviso, me muerden en subidón y luego se van sin más, dejándome con cara de tonto. En mis horas felices es mejor no tenerme cerca, porque me pongo cariñoso, exultante y gilipollas. De hecho… creo que incluso llegué a darle un abrazo a uno de los cabagge patch kids. En esta ocasión me sobrevino a mogollón porque estaba ahí enmedio bebiendo mojitos, con el brazo del vasco encima de los hombros y rodeado de gente, y me acordé de que hace un año no tenía ni dónde caerme muerto, ni nadie que, dado el caso, me recogiera los fémures y el costillar. Así que Jokin dijo algo de la boda y ¡pum! hora feliz. Y luego hablamos de la Navidad de este año y ¡pum! más hora feliz. Y luego el vasco contó algo de Patagonia y ¡pum! hora feliz y abrazo al cabagge patch kid.

Entre mojitos, conciertos y felicidades, para cuando llegamos a casa, yo solito me autosorprendí de no ser capaz de caminar por el pasillo en línea recta. Karlos me lavó la cara, me lavó los dientes, me puso el pijama y me acostó. Todo eso llevándome en volandas. Le faltó sentarme en el orinalito y leerme un cuento. Como una hora más tarde me levanté a beber agua y le encontré viendo una película de Bruce Lee. Le dije “¿qué puedes darme para mitigar un poco el alcohol que llevo dentro?” y me contestó “Me parece a mí que como no te flambee…”

Esta mañana he pasado veinte minutos riéndome con esa gilipollez, así que puede que aún no haya superado del todo mi hora feliz de anoche.

Tengo a Peyote apoyado en el brazo mientras escribo esto. Le ha quedado un trocito de calva con forma de as de picas en el culo, como resultas de su lucha a muerte con la verja navacerradense. Pienso que no le queda nada mal. Le da cierto airecillo macarra que hace juego con su mirada de gato psicopático. Debería aprovechar el hueco para tatuarle algo acorde a su personalidad. Algo como… no sé… el emblema de La Legión.