Que me quiero ir a casa…

Ya no tengo wifi en el trabajo. Echo de menos hacer el gilipollas con Karlos por twitter. Él me dice que use el güasap de la blackberry que me donó amablemente, pero hace un par de días que terminé de aprenderme el manejo del móvil que compré hace dos años, y me da pereza empezar otra vez. Encima con aplicaciones de internet por medio. Vamos… probablemente tarde menos tiempo en fabricarme un Enterprise con una servilleta de papel, que en manejar la blackberry.

Dentro de dos meses le quito la L al coche. Alegría, alegría y pan de Madagascar. Por fin subo un eslabón en la cadena alimenticia del asfalto. La verdad es que ya voy notando la experiencia, porque hace un año no tenía ni puta idea de aparcar y ahora… tampoco la tengo, pero me importa menos.

Hoy le han puesto a Karlos un holter cardíaco, igual que el que me pusieron a mí cuando lo de las arritmias. Sigo sin entender la relación que puede haber entre el ritmo cardíaco y un hostión en bici, pero bueno… si hay que mirárselo, pues se mira. Antes de ponérselo le han hecho otro electrocardiograma, y cuando la enfermera ha recogido el papelito ese que ñíguli-ñíguli sale de la maquinita, Karlos le ha guiñado un ojo y ha dicho “¿qué? ¿cómo doy? ¿pone que estoy lleno de amor?” La chica ha enrojecido desde los zuecos hasta la coronilla y ha soltado una risita, para después no dar pie con bola durante el resto de la consulta. Otra en el bote. No sé cómo coño lo hace. Estoy seguro de que llego a ser yo el que le dice eso, y lo máximo que me llevo es una mirada de lástima y un “andatirapallá”.

Si al final resulta que existe la reencarnación, espero que estén bien organizados en el otro mundo y me dejen rellenar el formulario de solicitud “metro noventa/barba cerrada/biceps”. No me apetece nada tener que vivir otra vida arrastrando una L perpetua en cuestión de virilidades.