Pingüinos y Margaritos

El holter cardiaco de Karlos no ha dado ninguna novedad (y eso sí que no es ninguna novedad). Mañana le harán un tac y un electroencefalograma y si también dan correcto, el hostión bicicletero habrá pasado a la historia. Sobre todo ahora que el chino mágico ha logrado colocarle la costilla y el pie en su sitio (cosa que yo agradezco para ver si me libro de una vez de los balletazos en los morros). Si le miras bien (a Karlos, no al chino) todavía puedes distinguir una leve sombra azulada en el párpado inferior, pero mola. Le da cierto aire a personaje de Sin City. Claro que tampoco hay que hacerme mucho caso, porque mientras no termine de aterrizar de mi faceta de cervatillos disney, mucho me temo que lo encontraría igual de fascinante, aunque llevara el ojo estampado en patchwork.

El viaje a Patagonia se acerca y según lo hace, yo me voy poniendo nervioso. Es lo que pasa cuando no sales de tu barrio en años. Que te dicen de acercarte al Carrefour de Toledo y te emocionas.

Me siento un poco inútil viendo a Karlos gastar horas organizando excursiones, elaborando listas, recopilando planos, reservando billetes, alquilando coches, llamando a amigos y tramitando consulados, mientras yo me rasco los huevos preguntando qué se come en Chile, pero lo cierto es que tampoco sé muy bien qué puedo hacer, salvo asegurarme de llevar calzoncillos limpios en la mochila.

Porque a Patagonia no se lleva una maleta como a todos los lugares del mundo mundial, no… allí se lleva mochilorra de peregrino compostelano. Y tampoco se llevan mocasines y trajecito de cristianar, como cuando paseas por el Sena. Allí tienes que ir con anorakazo y botacas de montaña. Ayer le escuché tramitar el alquiler de un 4×4. Cojones. Un 4×4. Y cuando me empiezo a emocionar y le pregunto si vamos a llevar guías o algo, sonríe, levanta su sempiterna ceja vasca y responde “Para nada. He estado ocho veces y llevaremos a Margarito.”

Me intriga cantidad saber a qué tipo de sitio vas por novena vez, subido en un 4×4, con alguien que se llama Margarito. En serio. Pensarlo me tiene en un sinivivir.