Apuntes de caos patagónico (Director’s Cut)

Mi intención fue hacer un diario de viaje de esos guais, con fechas… con fotos… con detalles importantes sobre nombres y lugares… pero soy yo. Y como soy yo, eso es matemáticamente imposible. Diametralmente opuesto a mi verdadera naturaleza de caos y chimpunes. Así que ahora me encuentro con lo que era obvio que me encontraría; un gurruño de hojas revueltas, con apuntes sin ton ni son por aquí y por allá, y que no lograría organizar ni el bibliotecario mayor del reino. Puedo hacer dos cosas: usarlas para darle llama a la estufa, o escribirlas tal cual, pasando ampliamente del cuándo, del cómo y del dónde. Optaré por lo segundo. Los caóticos necesitamos sembrar caos. Si no, nos cuesta mucho más lo de sentirnos normales.

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12h. de vuelo. Se dice pronto. Para cosas como esta se inventaron los scrabbles de viaje, supongo. Los dos auxiliares de vuelo que nos atienden son sendas mariquitas con denominación de origen. Le he dicho a Karloszeta que alguien debería hacer un estudio sociológico sobre aquellas profesiones que están estrechamente ligadas a ser una mariquita, como auxiliares de vuelo, enfermeros, peluqueros, dependientes del H&M… Karloszeta me ha respondido que intente no ser homófobo antes de que pueda tomarse su primer café. Le he dicho que no se puede ser homófobo y gay a la vez. Él ha levantado una ceja y ha dicho «Exacto. Aplícatelo.» Bueno. Ya tengo algo que pensar en las próximas 11 horas y 45 minutos.
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Ya me he leído hasta las instrucciones de la bolsa para vomitar y no tengo scrabble de viaje, así que he dado un poco el coñazo para que jugáramos a los barcos. Como no le apetecía una puñeta dejar su libro, se le ha ocurrido la gracia de cambiar los barcos por aviones. «B-2. ¡Tocado! ¡mayday mayday! ¡nos estrellamos sobre los andes!¡Dios mío vamos a morir en una terrible bola de fuego!» No sé cuánto ha tardado en acojonarme. Unos quince segundos, aprox. Nos estamos volviendo auténticos expertos en tocarnos las pelotas mutuamente, más allá del sentido específico de la palabra.
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Karloszeta es la versión euskaldún de Bear Grylls. Y no lo digo en plan «me he acordado del abrelatas para los raviolis» sino más bien en plan «Pásame ese chicle que aquí hace falta un puente colgante.» He visto las fotos en los álbumes de sus amigos de Santiago. Raftings, moto rally, tirolinas, buceo de profundidad, saltos en paracaídas, parapentes… Joder… La primera noche que pasé con él en Guadarrama no quise sentarme en la hierba porque había hormigas rojas. Que yo follara aquel día debió ser más milagroso que todas las apariciones de Lourdes juntas.
Ya he conocido a Margarito. Lleva un sombrero panama y tiene un diente de oro. Le brilla cantidad entre el pelo negro y la piel ladrillo. Cada vez que sonríe, parece que hay tormenta. Su novia es preciosa. Seguramente la mujer más preciosa que he visto en toda mi vida (después de ti, Silvana). Karloszeta me ha presentado como «la persona que ha cambiado su vida.» Qué puñeta. Después de semejante cuchicuchi, si le da ahora por tirarse en parapente tendré que ir detrás como los demás compañeros del mundo mundial que cambian vidas. No se cuánto tiempo podré estirar lo de «yo me quedo aquí y vigilo las mochilas.» Rezo por que me dé para un par de glaciares y alguna catarata. No me motiva nada morir en Patagonia.
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Si Robert Falcon Scott me hubiera utilizado de sherpa, probablemente se habría congelado un mes antes, porque he descubierto que soy incapaz de diferenciar el norte del sur y el este del oeste. Ni sobre plano, ni sobre suelo, ni aunque me cuelguen del cuello una brújula del tamaño de Chinchón. Pasarme a mí un mapa tiene exactamente el mismo resultado que dárselo a un ornitorrinco con dislexia. Marco y Karloszeta conservan la calma conmigo y hasta se ríen. Noelia no. Para eso las mujeres son más coherentes. Después de tres vueltas en círculo, a ella le gustaria asesinarme lentamente o directamente abandonarme en un recodo del Lago Fagnano con un cartelito al cuello que diga «Subnormal profundo necesita llegar a España antes de la próxima glaciación.»
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Han dividido las canoas entre los que más sabían y los que no teníamos ni puta idea, así que no he podido ir con Karloszeta. Me ha tocado con el monitor y el maquetador de Vogue. Este último era tan torpe como yo, así que nos hemos reído mucho y el monitor se ha cabreado un poco. Mientras tirábamos cada uno por un lado y avanzábamos en círculos como un frisbee, le he dicho que a ese paso nunca seríamos chicos de portada Vogue y de la risa tonta que le ha dado, se ha golpeado la cabeza con el remo (no sé qué relación tiene una cosa con la otra, pero es lo que ha hecho). La canoa de Karloszeta nos ha sobrepasado a toda hostia. Él iba delante dando órdenes como un jefe sioux mientras los dos de detrás remaban como si les hubieran dado cuerda, así que me he alegrado un poco de estar con los torpes que se ríen y no con los remeros del volga. El monitor los ha mirado pasar con pucheritos. Creo que hubiera dado un trozo de huevo por cambiarse de canoa. Karloszeta llevaba su minicámara de vídeo anclada en el casco. Antes de embarcarnos, le he dicho «si vuelcas sólo grabarás agua, mejor ponla en el mío que iré más seguro…» No ha respondido. La risa no le ha dejado. Maldito. Ojalá salga un lucio gigante carnívoro patagónico y se lo coma.
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A punto de las lágrimas por vuelco de corazón. No tengo palabras. El mundo es inmenso y azul. Le he dicho a Karloszeta que cosas como esta, demostraban que no éramos más que motas diminutas en el universo. Él me ha respondido que en realidad yo era una mota diminuta en todas partes. Me lo ha dicho con cuchicuchi por si, por aquello de la exaltación de los sentidos, me daba por clavarle un crampón en la yugular. Me he reído mucho. Es un cabrón, pero tiene su gracia. Además… le necesito para bajar de los sitios a los que subo. Sigo sin saber dónde está el puto norte. Cada vez que se lo pregunto, él me dice «mira el sol» y yo le respondo «¿estás de coña?»
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Me he tomado un cubata con hielo del glaciar Perito Moreno. Parece una chorrada, pero en realidad lo es. Karloszeta lo llama «tourist’s gilipollables» (que se traduce más o menos en gilipolleces del turista). Cuando iba solo, no se metía en ninguna, pero como voy yo, considera imprescindible que las viva todas. Su amigo Marco se descojona. Le dice «quién te ha visto y quién te ve». Mejor que los amoríos le hayan cambiado. No me motiva nada lo de hacer parapente. Yo sería de los que se escogorcian contra la pared del glaciar y luego salen en las noticias hechos un gurruño debajo de una manta térmica, mientras un lugareño con anorak y botas de goma explica a la cámara que los de ciudad no deberían meterse en el turismo de aventura.
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Variaciones en nuestra ruta. Tenemos que quedarnos más tiempo en Puerto Madryn y volver a Ushuaia en barco. Motivo: yo (para variar). Karloszeta, Marco y Diego bajarán a bucear entre los lobos marinos de Punta Loma, pero yo no tengo el brevet (permiso legal para bucear) así que a lo único que estoy autorizado, hoy por hoy, es al snorkeling. No quiero hacer snorkel. El snorkel es para viejas que cogen conchitas en Benidorm, no para ver lobos marinos. Vamos a quedarnos tres días para que pueda sacarme el brevet mínimo que me permita bajar. Me acojona un poco, pero prefiero pasar el trago, que convertirme en el descojone del álbum vacacional, con mis gafitas y mi tubito junior. Karloszeta me ha dicho que es un ahora o nunca. Y lo ha dicho con su cara de «esto va a ser grande, chaval». Tres días de cursillo, para poder unirme a ellos. De pensarlo se me emocionan hasta las orejas.
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Me hago la picha un lío con las señales de buceo. La única que no se me olvida es la de «socorro que me asfixio» (por qué será…). El resto se me pierden por entre las neuronas. Le he preguntado a Karloszeta si no había otro código de señales más fácil que pudiera utilizar y él ha dicho que sí, que por supuesto. Que cuando note que me pitan los oídos le haga «el crusaíto» y cuando vea tiburones, «el robocop». Es muy triste esto de que no te tomen en serio en Patagonia. De verdad. Muy triste.
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No sé por qué no he hecho esto antes. No puedo describirlo con palabras. ¿Qué coño hago viviendo en una ciudad sin mar? Voy lanzao. Ya no me valen sólo los lobos marinos. Quiero más. No sé… orcas asesinas… barcos hundidos… boquerones mutantes… soy el rey de los… ¿tres metros? Vale. Algo es algo, joder.
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Karloszeta y Diego han hecho una jornada mañanera de mountain bike hasta Doradillo. A Karloszeta se le ha descolocado la cámara del casco y lo único que ha grabado han sido 67 minutos de suelo. Le he dicho que seguro que somos los únicos turistas en años, que se llevan a casa todo un publireportaje sobre las cacas de perro madryndenses. Se lo he dicho para que se cabreara por haberme llamado mota diminuta, pero lo que ha hecho ha sido descojonarse y desenfadarse. Y encima me ha dado las gracias. Hay que joderse. Ni ser cabronazo, me sirve ya. Qué bonito es el amor.
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Ha sido increíble. Lo más increíble que he sentido en toda mi vida. Si me muriera mañana mismo (cosa que todavía está a tiempo de pasar considerando que he pasado 35 minutos en un mar de 10ºC), ya habría vivido la experiencia más mágica y maravillosa que se pudiera experimentar en siete vidas. Iba un poco acojonado. Karloszeta me había dicho que actuara como si estuviera entre cachorros y que no me asustara aunque intentaran mordisquearme. Pero cuando les he visto acercarse… joder… se me ha olvidado todo. El reloj, el profundímetro, mirar al monitor, los avisos de los de la isla… todo. Todo a la mierda. Sólo los animales acercándose a mi mano y yo. Bailaban conmigo, a mi alrededor. Karloszeta tenía razón; como cachorritos. Los ojos redondos y brillantes mirándote bajo el agua… Los minutos me han parecido segundos. Cuando me han subido, no podía dejar de llorar. El instructor se ha acojonado un poco pensando que me pasaba algo malo. Una chica alemana me ha dado la mano y se ha puesto a llorar también. Parecíamos dos gilipollas. Karloszeta ha dicho que me había emocionado porque me gustaban mucho los animales, y me ha abrazado contra su neopreno. El novio de la chica ha dicho algo en alemán. No sé exactamente el qué, pero la cara que ha puesto ha sido de «si os parece podemos tirarlos a los dos por la borda y acabamos con esto». La chica alemana ha terminado de consolarse ella sola. Me han dado ganas de abrazarla y apretarla también contra el neopreno de Karloszeta (contra el mío no, porque me ha costado un huevo entrar ahí dentro y lo he terminado llevando un poco al bies, con su consiguiente dificultad para según qué posturas de abrazo a tres bandas).
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Cecilia nos ha llevado en zodiac a Punta Tombo para ver la colonia de pingüinos. He pasado más frío que en toda mi vida y cómo aquello iba dando unos saltos del diablo, he acabado con agua de mar hasta en el culo. Karloszeta ha sido cantidad de pesado con la jasermaser, para variar, y le ha hecho a los pingüinos unas 234.567 fotos. Estoy seguro que de haber podido, alguno le habría hecho con gusto un corte de aletas. También me ha hecho 234.567 fotos a mí, mojándome en la zodiac y mirando los pingüinos. Como no me cabía el gorro por culpa de mis kilos de pelo, he salido en todas las fotos con una especie de globito en la punta de la cabeza, en plan pitufo marinero absurdo. No sé por qué me ha tenido que tocar un fotógrafo, con lo tranquilito que estaría yo con un viajante de corbatas o un protésico dental.
Punta Tombo no es una isla con pingüinos. Son unos pingüinos con un poco de isla. Miles. Millares. En mi vida he visto nada igual. Peyote hubiera sido feliz. Echo de menos a mis gatos. Sin embargo, sé perfectamente que en cuanto esté con los gatos, echaré de menos a los pingüinos. Soy así de gilipollas.
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Hay que volver a Ushuaia en barco porque después de una inmersión no puedes coger un avión en 48h. Es increíble la cantidad de cosas que estoy aprendiendo, que luego en Madrid no me van a importar una mierda.
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He comido cordero patagónico. No sé por qué se llama cordero patagónico, porque en realidad sabe a cordero común y corriente de los corderos de toda la vida. Estamos tragando más carne y más vino en este viaje, que en toda nuestra existencia. Karloszeta dice que cuando salgamos de aquí no vamos a poder doblar los codos de lo tiesas que se nos estarán quedando las arterias. Por ahora no nos importa mucho. Todo está buenísimo en vacaciones. Hasta la carne de ñu, si se diera el caso de que fuera el filete autóctono.
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Como no hemos podido volar a Bariloche por lo del volcán, y no nos apetecía demasiado la idea de viajar 18h. en autobús, Karloszeta ha empleado el dinero en regalarme una noche de prebodas en una villa del Hotel Loi de Iguazú. Siento como si me hubiera metido de polizonte en algún reportaje de revista pija. En estos momentos tengo chocolates, hilo musical zen, mogollón de frutas en torre, una bañera de madera de teca, una cama con dosel de tules, y un buda hindú de piedra mirándome de frente (que digo yo que qué coño tendrá que ver el budismo con la selva guaraní, pero bueno…). También tengo un albornoz donde caben dos o tres como yo y unas pantuflitas guais de esas que cuando caminas suenan blifs-blofs. En la villa de al lado hay un tipo de unos mil años que va acompañado de una rubia escultural y perfectamente perfecta que, obviamente, no es su hija. Karloszeta se cachondea y dice que ahora soy su guarrilla de lujo. Lo hace para tocarme los huevos pero a mí me da igual porque estoy francamente preocupado por la sostenibilidad de la torre de frutas. No sé cómo coño han logrado encajarla así de bien. Estoy seguro de que si tiro de una uva, se viene todo abajo.
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Como estamos de noche de prebodas hemos hecho cantidad de cochinadas salvajes en la bañera. Como era de esas gigantes en las que cabe tu padre, tu madre, tu primo Fernando, la filarmónica de Berlín, tu perro y todavía sobra sitio, yo pensaba que no armaríamos mucho chipichapi, pero he pensado mal y lo hemos dejado todo perdido. No sólo los alrededores de la bañera, sino la cama, la mesa, el banco tapizado, la alfombra, el balcón, el 80% del pavimento de teca, el buda, la torre de frutas y hasta la encimera del lavabo. Todo rebozadito de agua, espuma y aceite aromático. No sé por qué no podemos follar en silencio y con espacios acotados como el resto de las personas normales del mundo mundial. Allá donde vayamos siempre tenemos que armarla. Al viejecito de la rubia estupenda ni le hemos oído. Apuesto a que estaba acojonado y escondido debajo de la cama esperando a que de un momento a otro atravesásemos la pared al estilo Increíble Hulk.
Karloszeta ha llamado al servicio de habitaciones para que nos cambiaran las sábanas mojadas. Tiene más huevos que el caballo de Espartero. Yo me he puesto a escribir otra vez en el cuadernito guais, para no tener que mirar a la camarera a los ojos, mientras cambia las sábanas y seca nuestro chipichapi. No soy como Karloszeta. Mis huevos son más bien de tamaño escroto de pingüino patagónico. No me hace demasiada gracia que el hotel sea consciente de que follo con un vasco tirado por el suelo como un babuino.
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Salimos del lujo prenupcial y volvemos a ser dos mochileros sucios y cutrillos con botrancas embarradas y mochilacas empapadas. Este está siendo un viaje de muchos contrastes. Hemos hecho un recorrido de 15 km. en un todoterreno descubierto por la selva. Me ha recordado mucho a la escena de Parque Jurásico en la que tres tipos en un jeep son perseguidos y casidevorados por un tiranosaurio, así que he pedido insistentemente que me dejaran ir delante porsiaca. He aguantado exactamente 8 minutos hasta que me han vuelto a sentar detrás por leer mal el mapa. Le he confesado a Karloszeta mi paranoia jurásica y se ha sentado detrás conmigo. Quedábamos cantidad de raros los dos detrás y Julián solo delante. Parecíamos la versión safari de paseando a Miss Daisy.
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Hemos estado en una aldea guaraní. Karloszeta ha comprado una piedra de cuarzo turmalinado. Es cantidad de bonita. Vetas de turmalina negra atrapadas para entre el cuarzo transparente. Dice que se la llevará a Horacio para que haga una veta en el oro blanco de los anillos de boda. Ha dicho que le parecía algo cantidad de simbólico porque él era como el cuarzo, y yo como la turmalina. Le he dicho que si no podía ser yo el cuarzo y él la turmalina, y me ha respondido que no, porque la turmalina cae rápida y nerviosa y el cuarzo es el sedimento que la sostiene. Le he dicho que vale, que sí, que muy bonito todo, pero que por qué tenía que ser yo la piedra negra y funesta y él la transparente y guay, y me ha dicho que la turmalina negra no era funesta sino muy original y extraña de encontrar. Yo le he dicho que entonces fuera él la turmalina original, extraña y guais, y así podría ser yo el cuarzo. Ha dicho que la próxima vez se limitará a coger un cacho ladrillo del suelo como todo souvenir y así no habrá discusiones.
Como lo ha dicho para que cerrara el pico, he seguido tocapeloteando y pidiéndome ser el cuarzo hasta que hemos llegado a los caballos.
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Bajada de rápidos en una especie de lancha que se llama gomón. Alucinante. Agitados, pero no batidos, como los martinis de James Bond. Karloszeta y Julián, sorprendidos de mi habilidad bajando rápidos sin ahogarme ni nada. Yo también (aunque haciéndome el chulo y fingiendo que era de lo más normal). A nuestro lado, bajaban unas barcas enormes cargadas de turistas que iban (todo hay que decirlo) bastante más cómodos y secos que nosotros seis. Todo el recorrido de la tarde ha transcurrido sin incidentes, salvo cierta disparidad de opiniones entre mi caballo y yo, en plan «arre caballito-que arra tu padre.» He visto un animal rarísimo y feo de cojones. Como una especie de monito pelón con patas de caballo y cabeza de puercoespín. He intentado hacerle una foto con la jasermaser que por aquellos designios de la vida, llevaba yo en mi bolsa, pero para cuando he logrado sacarla, desenfundarla y encontrar un botón que disparara algo, el monaballoespín había desaparecido entre la maleza. Odio los cacharros de Karloszeta. Todos. Siempre hace falta un máster para poder utilizarlos. En su casa, hasta la escobilla del wáter requiere estudios previos.
Cuando hemos subido al tren, me he sentido algo pocho y ha resultado que tenía fiebre. Karloszeta se ha preocupado un poco. Yo no. Llevo dos semanas en remojo y con temperaturas de entre 12 y 10º. Lo raro es que aún respire.
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La garganta del diablo es lo más grandioso que he visto nunca. Creo que supera las lenguas del glaciar, e incluso a los volcanes. Nunca he visto un nombre que hiciera más honor. Le he dicho a Karloszeta que era verdad que aquello era como un diablo que gritara y tragara. Él seguía preocupado por mi fiebre (Karloszeta, no el diablo). Me acurrucaba contra la baranda envolviéndome en su chaqueta. Me ha dicho algo en euskera que luego no ha querido traducirme. Ha dicho que era demasiado ñoño y que no podía permitirse debilidades porque para eso era el cuarzo y yo la turmalina. Cabronazo… Cuando lleguemos a Madrid, tiro la piedra al manzanares.
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Fotos, despedidas, lágrimas y reorganización de mochilas. Hay que volver. ¿Hay que volver? Tengo un poco de bajón, mitad por nostalgia, mitad por resfriado. Karloszeta dice que haga una lista mental de las cosas buenas que nos esperan en casa. Cosas como los gatos… la boda… sacar al ratón del sofá… Le he dicho que lo mejor de mi vida ya lo llevaba sentado a mi lado en el avión, y en cuanto lo he soltado, me he arrepentido ipso facto de haberlo hecho. Menuda cursilada de mierda. He quedado como una vulgar turmalina.