La vuelta al cole

Cuando terminan las vacaciones y empieza el nuevo curso, siempre hay algún adulto que dice eso de «qué bien ¿no? hacer nuevos amigos, estrenar material, sentarte en una nueva clase…» , y simultáneamente, siempre hay un niño que pone cara de «encima que empieza el cole, no me toques los cojones con chorradas». Bueno, pues ahora mismo yo soy el niño que empieza el cole, y Karloszeta el adulto que se saca positivismos de la manga. Desde ayer no para de repetirme lo maravilloso que es tener trabajo estable en estas épocas de incertidumbre y falta de pasta, mientras yo lloro encima de las magdalenas del desayuno porque mañana tengo que volver (snif).
Claro, para él es fácil. Hace rodajes con gente famosa y cada día de curro es una nueva experiencia. Pero ¿yo? yo piso alfombras para gerentes. Obviamente, sus expectativas laborales tienen que ser a la fuerza mucho más positivas que las mías.
Contento de volver a ver a los gatos. Tripi y Tequila no se separan de mí y Peyote no se separa de Karloszeta (aunque eso viene a ser habitual desde que le descosió de la verja de espino). Me puse tan contento de volver a ver a la minimanada, que solté un rato a Vargas para que viera mundo y se metiera un rato en el sofá, pero por aquello de dejarme mal no lo hizo y prefirió el maravilloso mundo que se esconde tras el estante de las videoconsolas. Le he dicho a Karloszeta que espero que no se me muera electrocutado por roer algún cable y me ha respondido que él espera que sí, porque como se cargue los cables de la televisión la muerte que le dispensará él será mucho, mucho más lenta (apunte mental: sacar al ratón esta noche de detrás de la televisión, antes de que suceda una cosa u otra).
Esta mañana he llamado a Horacio para decirle lo de la veta de cuarzo turmalinado en los anillos de boda y para concretar en llevarle la piedra. Me ha dicho que era imposible a estas alturas de la película ponerse a hacer modificaciones en los anillos porque no había tiempo material. Que se lo teníamos que haber dicho antes, que era un trabajo muy laborioso, que esa no era forma de hacer las cosas y bla, bla, bla… 25 minutos de semibronca y explicaciones que no me importaban una mierda. Con las mismas se lo he contado a Karloszeta. Él, impasible y tranquilote como siempre, ha llamado directamente a Horacio y ha tenido una conversación de exactamente 2 minutos en la que ha dicho «Qué tal, Horacio. Te acercaré mañana el cuarzo ¿vale? sí, lo entiendo, pero los quiero así o no los quiero. Gracias. Adiós.»
En una semana, tendremos los anillos veteados. Y supongo que si le hubiera pedido que nos lo trajera atados a la cabeza de un cisne vestido con camisa de chorreras al compás de la música de Carmina Burana, probablemente a estas alturas el joyero mamón ya habría llamado al zoo para encargarlos y tomarles las medidas de sastrería pertinente.
Voy a empezar a fijarme bien en las tácticas que emplea Karloszeta para conseguir que todo el mundo le obedezca. Algún secreto tiene que haber más allá de ponerme alzas en las zapatillas, como Sarkozy.