Tic-tac

Ya ha venido el loro. Es verdad que dice tacos. Exactamente “puta” “fóllame” y “kiss my ass” así que… después de todo, no es tan fiero el loro como lo pintan (aunque reconozco que después de doce bésameelculos uno empieza a inquietarse un poco). Además, lo de que se escapa y se come media cocina todavía no pasa de leyenda urbana. El loro no se mueve del palitroco. He hecho todo lo posible para provocar que se escapara a robar zampeo (las catástrofes me dan vidilla) y nada. Se queda ahí mirándome con su ojo tonto y no reacciona. Tampoco dejando el pestillo de la jaula sin echar. Ni semiabriéndole la puerta. Ni siquiera abriéndosela del todo. En un momento dado, he pensado que podría ser porque yo el que le intimidara estando delante y me he escondido un rato detrás del respaldo del sofá a ver si salía, pero nada… he estado allí agachado hasta que se me han atrofiado las corvas y el puto loro ni se ha movido. Cuando he emergido de detrás del sofá, ha pegado un respingo y me ha llamado puta, pero creo que ha sido más el susto que otra cosa. No creo que el animalito tampoco esté muy acostumbrado a que emerjan humanos en pijama de detrás de los sofases.

Por ahora Karloszeta mira mis maniobras loriles con permisividad, pero me ha avisado que como el loro se termine zampando algo de su estante de comida sana, el pájaro y yo dormiremos esa noche en la terraza, aunque caigan chuzos de punta y arañemos el cristalito con cara de pena. La verdad es que Karloszeta sobrevalora demasiado su estante de comida sana, porque teniendo mi caja gigante de surtido cuétara justo debajo, dudo mucho que el loro se dedique a comerse sus asquerosas galletas de salvado con sabor a serrín, salvo que se trate de un loro culturista o directamente, de uno sin papilas gustativas.

Este miércoles por la noche celebramos nuestra despedida de solteros al alimón. Estoy bastante cagado. Le he dicho a Karloszeta que no pienso ponerme nada encima que lleve pollas de por medio (dignidad en la derrota) y él me ha respondido muy enigmático que intentará protegerme en la medida que le sea posible. Le he preguntado que qué medida era esa y me ha dicho que era una medida directamente proporcional a las veces que volviera a abrirle la jaula al loro para que escabechinara la cocina. Le he preguntado si ahí también estaba incluído lo de abrírsela al ratón para que escabechinara los cables de la tele y él ha chasqueado los dedos y ha dicho “ah, sí, sí… gracias por recordármelo…”

Nunca aprenderé a callarme. Nunca.

PD. Ya sé que no se dice sofases ni escabechinar.