Qué noche la de aquel año

Doy gracias a los dioses por no haber tenido que trabajar hoy. He tardado diez horas en despegar la cabeza de la almohada y lo he hecho única y exclusivamente porque el loro chilla menos cuando estoy delante (lo cual es un detalle por su parte). Si no, tranquilamente hubiera empalmado el día de hoy con el de mañana, el de mañana con el de pasado, y el de pasado con Navidades. En estos momentos no tengo cabeza. Tengo una sensación de veinte kilos de peso muerto colgándome del cuello. En eso consiste el famoso efecto tequilaparatodos.

Independientemente de resacas y destroces físicos, distingo perfectamente mi relleno de felicidad. Todo fue rápido, ruidoso, exultante y divertido. Karloszeta se sacó de encima su inquebrantable seriedad y echó el resto. No nos vistieron de nada ni tuvimos que llevar encima más polla que la que traíamos de fábrica, pero por lo demás… nos comimos veinte mil judiadas. No recuerdo todas, porque a partir de las cuatro de la mañana los ocho litros de chupitos sólo me permitieron fugaces visiones borrosas de escenas sueltas, pero… por hacer una lista más o menos ordenada:

1. Campeonato de ligar tíos ajenos al grupo. Karloszeta me ganó por 13-3 y eso porque los tres que conseguí estaban (si cabe) aún más borrachos que yo. No fue una justa lid. Si él se desabrochaba la camisa, enseñaba pectorales. Si me la desabrochaba yo, enseñaba camiseta de Piolín montando en columpio. Que nadie me venga diciendo que es lo mismo.

2. Campeonato de ligar chicas ajenas al grupo. Karloszeta me ganó por 15-0 (qué triste suena esto ahora que estoy sereno). Ahí no fue necesario enseñar nada. Pero no entraré en detalle por no echar leña al fuego de mi (ya de por sí) maltrecha masculinidad.

3. Encasquetamiento de peluca afro negra al estilo onceochoonce (no se para qué si mi pelo al natural ya es digno de juerga) e interpretación de dos canciones de Tom Jones en el escenario, con bailecito improvisado. De esto no recuerdo mucho, salvo que me inventé la letra por completo, y que tuvieron que bajarme de una oreja porque me empeñé en cerrar mi actuación cantando La Internacional, para pasmo de unos cuantos.

4. Concurso de lambada con una chica lesbiana de la que no recuerdo absolutamente NADA, salvo que llevaba unos pendientes con calaveras. Que yo sepa, lo único que logré ganarle a Karloszeta en toda la noche. Y eso porque su pareja era una de las 15 del campeonato de ligues-con-ajenas y estaba más ocupada en clavarle los pezones, que en bailar.

5. Bebida «sin manos» de 4 chupitos en el hueco del obligo de una camarera de sexo dudoso (o no tan dudoso, me temo, considerando las carcajadas de los 18 cabrones que organizaban el sarao). Ahí Karloszeta se negó, considerando que ya había llegado a su límite de alcohol, y fue obligado al punto 6 (detallado más abajo).

4. Streap-tease de Karloszeta, que además lo hizo de puta madre y alegró la noche de unas/os cuantas/os chicas/os que estaban celebrando un cumpleaños y que le metieron un total de 120 euros en los calzoncillos en billetes de 10. Si se llega a sacar el cimbel, probablemente a estas alturas ya tendríamos financiado el viaje a Vietnam, pero la cosa terminó en fugaz visión de culo, siendo abortada involuntariamente por un servidor, que se subió otra vez al escenario (con dos cojones) peluca onceocho en ristre, poniéndose delante de Karloszeta y preguntándole a qué hora exactamente pasaba el cometa para subir a verlo al puerto de Navacerrada (así de perjudicado estaba ya a esas horas). Que la masa enfurecida no me cortara los huevos en ese momento con los palitos del cubata debió ser un auténtico milagro. A cambio, Karloszeta procedió a recolocarse los calzoncillos en su sitio, limpiarse los restos de babas y pintalabios del paquete, devolver la pasta a todas/os (menos a una que le metió la lengua hasta el gaznate y le volvió a dar los 10 euros) agradecer la atención prestada como un stripper profesional ante la multitudinaria petición de bises y llevarme a vomitar al baño después de comprobar el avanzado tono verdoso que iba adquiriendo mi cara por momentos debajo de la peluca de conguito gigante.

Y eso es lo único que puedo recordar. El resto… sólo risas, alcohol, más risas, más alcohol, un enorme paréntesis mental de nada absoluta, una imagen borrosa de Karloszeta metiéndome en la cama, algo efervescente que sabía a rayos, y una nota en la nevera esta mañana que decía: «Tranquilo niño. Al final anoche sólo te acostaste conmigo.»

Y… nada más. Que viva San Fermín.