Creo que el loro se llamará Alberto Valium

De vuelta a casa. Creo que no me he reído tanto en un viaje en toda mi vida. Karloszeta me pide que aclare que el concejal del PP que nos casó es conocido suyo de toda la vida y que jugaban juntos de pequeños. No quiere que nadie le tome por un macarra político (así que, considerando que amenazó con darle dos hostias a un tipo de las JMJ por recriminarnos un beso en un parque, debe ser exclusivamente macarra religioso y punto).

Nuestro viaje de bodas a China y Vietnam hizo ayer un «de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente». Karloszeta tiene que volar el día 21 a Amsterdam por motivos de trabajo ineludibles y pasar cerca de una semana allí. En estos momentos agoniza en la habitación de los mil ordenadores, intentando mover todos los itinerarios previstos diez días más allá, pero no está muy seguro de poder conseguirlo. De vez en cuando, el loro grita ¡puta! y él contesta ¡cállate bestia inmunda! Me descojono. Sé que se siente culpable por mí (Karloszeta, no el loro), pero no debería. En el estado de felicidad y tranquilidad idiota en el que me encuentro, me valdría igual diez días en China que dos en Alcobendas. Además, tengo mis quince días de permiso y puedo gastar siete en Amsterdam a su vera, como una ladilla. Marihuana, gasteizarra, Heineken y queso. No sé qué más puede necesitar uno para ser feliz.

Bueno, sí… un loro callado, de los de toda la vida, tampoco estaría mal.