Felicidades y autobuseros

Un poco cansado de mi loro nihilista. Todo hombre tiene un número limitado de veces en las que se le puede decir fóllame-puta sin afectarle a la moral y a mí ya empiezan a quedarme pocas. El hecho de poder contestarle me daría un punto de relax, pero temo que sólo sirva para dotar al bicho de más vocabulario, y que nuestra convivencia termine siendo como una eterna sesión de sadomaso casero.

Hoy he aprovechado que Karlos curraba, para irme a desayunar con Jokin y el autobusero. Ya terminé a hostias con J. y no quiero más malos kharmas en mi vida. Vale que el tipo me llamó enano, pero al menos trajo un regalo de bodas. El loro me llama puta y lo hace gratis. Además, sigue formando parte del círculo de amigos de Karloszeta (Bosco, no el loro) y no será ni la primera vez ni la última que nos lo crucemos por allende las celebraciones. Me parece mucho más lógico que seamos todos amiguetes y que no nos odiemos más allá de lo estrictamente necesario (eso teniendo además en cuenta que la felicidad me pone en modo Benedicto XVI y llevo unos cuantos días queriendo a todo el mundo, en plan desparrame emotivo absurdo).

El desayuno no ha sido demasiado catastrófico y hasta ha habido algún que otro momento en el que nos hemos reído los tres (o los dos y medio, porque yo he tardado lo mío en evadirme de las minicaracolas glaseadas del starbuck). Ha vuelto a decirme que no entendía cómo Karlos se había enamorado de una forma tan pasional y tan fulminante, siendo como había sido siempre, tan sensato y tan cerebral. Por la cara que ha puesto, sé que le hubiera gustado añadir “con las pocas prendas que pareces tener tú…” pero como estaba Jokin, ha sido comedido y se ha callado. También ha dicho que Karlos tenía un sentido del honor y de la fidelidad demasiado férreo, y que eso siempre le había resultado asfixiante. Luego ha entrecerrado los ojos y ha añadido “…sin embargo, no me hubiera importado quedarme con él toda la vida”.

Aunque tarde, se ha dado cuenta de que yo tenía las orejas puestas, así que ha sacudido la cabeza y ha dicho “no te molestes por eso…” Le he contestado que no me molestaba. Es verdad, no lo ha hecho. No ha sonado como alguien que amara, sino como el que se compra un perro. Creo que empiezo a entender un poco a Karlos cuando decía eso de que a veces puedes pasar media vida de relación con una persona sólo por un simple y puñetero movimiento de inercia. No sé cómo se aguantaron tantos años. Salvo que los dos son altos y están buenos, no les veo ningún otro punto en común.

Vale, bueno, sí… habló el diplomado en snorkel que se pierde buscando el wáter del kinépolis… Como si el tener puntos en común conmigo fuera lo más fácil del mundo mundial…

El día 21 me voy a Amsterdam y el 28 a China. Hemos tenido que raspar un poco del itinerario chino para poder ajustarlo a mis días libres pero aún así… ¡alegría, alegría y pan de madagascar! Karloszeta se siente culpable y no para de mirar mapas con ojos de pena, nombrando sitios de pronunciación imposible que no podrá llegar a enseñarme. “¡Qué pena no llevarte a Cha-o-Fan!” “¡No puedo creer que no puedas ver Siong-Be!” “¡Es increíble que al final no conozcas Pio-ming!” Yo, como sigo en modo Benedicto XVI, me limito a poner cara de que sé de qué demonios me está hablando y digo “ah sí… Siong-Be… qué lástima…” y le doy una palmadita en la espalda, para que no se note que para mí es más importante lo de que hayan inventado un colacao con pepitas.

Seguro que la felicidad tiene que ser algo parecido a esto ¿no?

PD. Me he inventado todos los sitios chinos.