El ridículo del que soy capaz

Ayer mi suegra nos trajo una bolsa de castañas del pueblo. Yo tenía muchas ganas de usar la sartén con agujeros que había en el armario (he encontrado cosas muy extrañas en esa cocina; sartenes para castañas, moldes con forma de zanahoria… algún día encontraré un vietnamita en el bote de las galletas). Pero con la emoción del momento se me olvidó lo de hacerles el corte transversal, así que en cuanto empezaron a calentarse, fueron estallando y saliendo disparadas de la sartén. Yo, que ya tuve una experiencia similar un día que me dió por freir almejas, salí también disparado antes de que la explosión castañera me saltara un ojo, olvidándome por completo de que había dejado al loro en el office para que viera más episodios de Bob Esponja. El susto que se llevó el animal, al verme aparecer en tromba y a toda hostia por entre las puertas batientes, dando gritos de cagoendios y seguido de una lluvia de castañas voladoras fue brutal. Tanto es así, que el animalito soltó cinco putas seguidos, bajó al fondo de la jaula y se puso a temblar, como si le hubiera dado el baile de san vito.

Me acojoné. Había leído en el manual que eran animales muy sensibles, y un loro muerto de un infarto no es ningún chiste. Sobre todo cuando la culpa ha sido tuya y de tu sartén de agujeros que no deberías haber tocado. Así que como no sabía qué demonios hacer para calmarle, le ofrecí trocitos de fruta (cuando la última castaña terminó de explotar y pude pasar de nuevo a la cocina sin convertirme en daño colateral). Pero no sirvió de nada. El loro siguió temblando y sin subirse al palo. Así que me puse delante y dije:
¿Están listos chicos? ¡Sí, Capitan, estamos listos! ¡No los escucho! ¡Sí, Capitan, estamos listos! Uuuuuuuuuuuuu… El loro dejó de temblar. Yo pensé «bien, esto funciona» y seguí aún más alto: ¡Vive en una piña debajo del mar! ¡BOB-ES-PON-JA!  El loro se subió al palo de un brinco. Yo me animé: ¡Su cuerpo absorbe y sin estallar! ¡BOB-ES-PON-JA! Entonces me pareció que el animal se balanceaba hacia los lados, como bailando y pensé «¡coño» ¡le gusta!» y eché el resto. ¡EL MEJOR AMIGO QUE PODRÁS DESEAR! ¡BOB-ES-PON-JA! ¡Y COMO A UN PEZ LE ES FÁCIL FLOTAR! ¡BOB-ES-PON-JA! ¡TODOS! ¡BOB-ES-PON-JA!¡BOB-ES-PON-JA!¡BOB-ES-PON-JA!

Entonces fue cuando me dí la vuelta y caí en la cuenta de que Karloszeta llevaba dos minutos en la puerta, mirándome absorto con el portero al lado que venía a revisar la llave de los radiadores.

Sera exótico, colorido y pinturero, pero la cruda realidad es que la rata y los gatos no me dan ni la mitad de disgustos.