El próximo post será holandés

Carcajadas hasta las lágrimas desde anoche, porque el loro se balancea con la sintonía de Bob Esponja, como si fuera un bailarín de hip-hop. Karloszeta diciéndome “enséñale ahora a bailar esto… enséñale a bailar lo otro…” como si la cosa fuera mérito mío, y no de una simple sobredosis de dibujo animado mezclado con shock postraumático por lluvia de castañas. Aún así, el pollo parece feliz cuando baila y ha reducido notablemente su repertorio de fóllameputas. Barajo la posibilidad de empezar a probar con villancicos. Si la cosa va bien, plantificándole un gorrito navideño puedo ahorrarme este año la habitual compra en el chino del papá noel que se ilumina y baila el jingle-bells. Vale que el loro no se ilumina ni nada, pero queda más ecológico (donde va a parar) me ahorro pilas y de paso no me peleo con Karloszeta por un quítame-allá-este-engendro-navideño.

En estos momentos hago la bolsa para viajar a Amsterdam (o en estos momentos debería estar haciéndola). El equipo de Karloszeta ha volado esta mañana, pero él ha preferido cambiar el billete para poder viajar a mi vera (no se cuántos vuelos a Patagonia conmigo necesita un vasco para poder escarmentar), que como soy un pegote total, voy por libre. Me da un poco de corte eso de meterme de polizonte enmedio de un equipo de rodaje, sobre todo pensando que nos pueden dar habitaciones contiguas en el hotel y que todos terminen enterándose de que follamos como dos bonobos, de la misma forma que se enteraron todos los residentes de las villas Loi en Iguazú (y parte de los que pasaban por allí en canoa). Pero se lo cuento a Karloszeta y es como si le estuviera hablando de la cría del mejillón castellonense. Se lo pasa (mira tú qué raro) por el forro de los huevos. Yo le digo “tendrás que controlar el volumen por las noches”, él contesta “lo haré”, yo le pregunto “¿de verdad?” y responde “no”.

Cada noche fuera que paso con él, voy encontrando más significado a los jueguecitos con mordaza.