Pues mira… al final fue madrileño

Primer pensamiento de Amsterdam: Hace un frío del carajo.
Segundo pensamiento de Amsterdam: Es IMPOSIBLE que pueda recordar ningún nombre de nada de lo que vea. Me da igual que sean museos, canales, lagos o meaderos públicos. Lo siento, Ariel de dentro de 20 años, cuando leas esto no sabrás dónde cojones estuviste, así que elige sílabas al tuntún, añádeles eses, emes, alguna j y apáñate con eso, muchacho.

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Otra vez estoy en un hotel cojonudo, de esos en los que yo no debería haber estado nunca, según la ley de justicia y merecimiento. Descubro un imac en la habitación. Doy muchos botes con molinillo de brazos para decirle a Karloszeta que hay un imac en la habitación. Sonríe y me dice que ya lo sabe. Le digo que voy a llamar a su asistente (única persona de su equipo con la que tengo trato previo) para decírselo. Me dice que también lo sabe porque hay uno en cada una de las 500 habitaciones del hotel. Descubro que soy un paleto en Holanda.

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A nuestra izquierda, comparten habitación el operador de cámara y el foquista y a nuestra derecha la asistente de Karloszeta y la secretaria de rodaje. O dicho de una forma más abreviada: augurios cumplidos. En el baño hay una ducha de esas galácticas con cabina de hidromasaje. Le digo a Karlos que según mis cálculos, es el único lugar de la habitación donde podemos hacer el guarro sin que se entere nadie, gracias a la mampara hermética. En ese momento le llama su hermano. Le oigo decir al teléfono “Estamos ya en el hotel. Esta noche vamos a dormir en la ducha, para que un operador de cámara que me importa dos cojones no sepa que follamos.” Cojo la sutileza al vuelo y decido no insistir más sobre lo de los polvos herméticos.

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Se desayunaduerme a las 6:30h, se comealmuerza a las 12:00h y se cenamerienda a las 17:30h. Seis y media. Cojones. Vuelvo a hacer molinillos como con el imac, pero esta vez en plan chungo. No estoy seguro de poder despertarme a las seis. No estoy seguro ni de tener los ojos puestos a las seis. Karloszeta me dice que me quede durmiendo porque puedo desayunar hasta la 11h, pero encima que voy de pegote, no quiero parecerles a todos un vago de mierda, así que decido bajar con ellos. Conociéndome estaré muerto a las 19:00h. Pienso recorrer Amsterdam con la mochila llena de kit-kats.

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Karloszeta trabaja hasta la hora de la comida. Sigue sintiéndose culpable porque en estos momentos deberíamos estar de viaje de novios chino. Me dice que vaya con él al rodaje y promete dedicarme toda la tarde y enseñarme Amsterdam. Le digo que no se preocupe, que alquilaré una bicicleta del hotel, iré por mi cuenta a ver algún museo y luego regresaré al hotel a esperarle para que cenemerendemos juntos. Lola, su asistente me enseña algunas palabras básicas para sobrevivir, como “hola” “adiós” “cuánto” y “cómo”. Él pone cara de preocupación. “Llévate el móvil y acuérdate de ponerle el candado a la bicicleta cuando la dejes en algún lado.” Le doy una palmadita en la espalda “No estés preocupado por mí joder… No soy tan tonto como para perderme…”

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Aproximadamente, una hora y media después, me pierdo. Las casas son iguales, las calles son iguales… Hasta las chicas en bici son iguales. Todo tiene un nombre indescifrable y no soy capaz de recordar por dónde exactamente he venido. Tampoco soy capaz de explicarle a nadie por dónde quiero ir. Mi pundonor me impide llamar a Karloszeta, así que intento guiarme yo sólo. Sin saber ni cómo, logro encontrar una calle ancha que desemboca en una plaza llamada Dam. Como mi capacidad de reacción es más bien nula, decido aparcar la bicicleta y seguir un poco caminando para ver si me oriento mejor. Gracias al Museo Madame Tussauds, me ubico por fin en el plano. Decido volver al Hotel. Las tripas me crujen. No encuentro kit kats pero encuentro van-houtens-whole de fruits y nuits. Salvo lo de las fruits y nuits, no sé qué cojones estoy comprando. Después de caminar por veinte calles preciosas e iguales, escucho a unos chicos hablar en italiano y me lanzo en plancha. Les digo que tengo que llegar a la estación. Me dice que estoy a tomar por culo (qué novedad) y que siguiendo la línea de tranvía puedo llegar. Desando lo andado y regreso a mi bicicleta y cuando llego a la zona de la plaza, descubro que la bicicleta del hotel no está y que me he olvidado de ponerle el candado. Me duele más el pundonor que los 50€ de depósito que he perdido, así que, entre llorar y llamar a Karloszeta, me decido por lo segundo. No me dice “ya te lo dije” ni nada parecido. Sólo asume que ha sido culpa suya por dejarme solo. Yo, como estoy cantidad de deprimido porque me han robado en Holanda, no le aclaro que la culpa es mía porque soy subnormal, y le digo que sí… que nunca debió dejarme marchar. Me dice que no me mueva de allí, que irá a buscarme. Me pongo en la cola del museo de Madame Tussauds para olvidarme de que soy un capullo. Cuando logro entrar me entusiasmo tanto con las figuras, que me olvido de que tengo a Karloszeta esperándome fuera. Me llama al móvil preocupado diciéndome que lleva diez minutos dando vueltas y que no me ve. Salgo esperando encontrarle con cara de perro, pero reacciona exactamente al contrario. Me abraza y vuelve a decir que lo siente mucho. Que yo me pierda como un gilipollas y él lo sienta es consecuencia directa de habernos casado hace dos semanas. Si lo hubiéramos hecho hace dos años, seguramente me habría llevado al hotel de una oreja o me habría mandado a tomar por ezel.

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Lola, la asistente de Karloszeta, me dice y me redice que la gastronomía holandesa es la caña, pero lo cierto es que salvo embutidazos y ochocientos tipos de pan, no veo nada que merezca demasiado entusiasmo. Nisiquiera los van-houtens-whole. Pienso que puedo estar influído por el exceso de carne que llevamos desde que dejamos Argentina, así que le digo a Lola que tengo más apetencia de pescado que de otra cosa. Ella me hace probar una especie de arenques fríos con cebolla por encima que venden encima de un trozo de pan. Nada más morder aquello siento unos deseos incontrolables de escupir entre puajs y buejs, pero como no quiero que piense que soy un capullo, lo mastico, me lo trago todo como un campeón y pongo cara de que está delicioso. Le digo “qué rico”, ella dice “¿sí? venga te invito a otro…” Palidezco un poco pero me callo como una puta. Vuelvo a tragarme otro mierdiarenque encebollado. Cuando ya estoy terminando, les digo “¿vosotros no queréis?” y Karloszeta responde: “No. Los odiamos. Están asquerosos.” Decido que Karloszeta, el equipo de Karloszeta y el vendedor de arenques me caen todos un poco peor que antes.

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Me doy una minihostia con la bicicleta nueva, al intentar reducir velocidad con el freno inexistente del manillar. Boto y reboto contra los adoquines sin que Karloszeta, que va delante, se pispe de nada. Un señor muy pelirrojo y muy amable, me ayuda a levantarme y me explica por señas que para frenar tengo que usar los pedales a la contra. Vuelvo a recordar que soy un paleto en Holanda. Karloszeta sigue pedaleando y hablando con nadie, sin darse cuenta de que no estoy. Le veo perderse en el infinito mientras me froto las rodillas magulladas. Para no volver a hacer el gilipollas, me siento pacientemente en un banco (sin quitarle ojo a la bici porsiaca) a esperar a que note mi ausencia y regrese, y un chico moreno se me sienta al lado. Empieza a hablarme en inglés muy sonriente. Lo único que logro entenderle es que es Brasileño y que está estudiando. Le digo (creo) que yo estoy de vacaciones. No sé cuánto hablamos, ni lo que decimos exactamente porque uso mi habitual inglés de Cuenca, pero en un momento dado me pasa el brazo por los hombros. Yo no reacciono. Sólo me quedo petrificado como una merluza. Me dice (creo otra vez) que si quiero beber algo. Yo continúo sin reaccionar y sigo mirando la bici con cara de merluza. En esas aparece Karloszeta. Me mira, mira al brasileño y dice “¿qué estás haciendo?” Yo le digo “me he caído de la bici y este es brasileño”. Nada más decirlo me doy cuenta de lo idiota que suena. El brasileño mira a Karloszeta y luego me mira a mí. Karlos se señala el anillo “he’s my husband” El brasileño se levanta como si le hubieran metido un petardo en el culo “ouch ouch, sorry, sorry…” antes de irse intercambia risas y algunas frases con Karloszeta. No sé qué le dice. Quizá le pregunta qué hace casado con una merluza. Mientras el brasileño se aleja, le digo a Karlos que Amsterdam es la primera ciudad del mundo en la que estoy bueno. Karloszeta se descojona. Se descojona tanto que me arrepiento un poco de no haberme casado con el brasileño.

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Salimos a disfrutar la noche de Amsterdam. Visitamos el barrio rojo. Karloszeta me avisa que no haga fotos a nada ni nadie, porque me puedo llevar una torta. La advertencia me sobra. Para cuando yo lograra sacar y disparar la cámara, probablemente la chica del escaparate ya estaría cobrando su pensión de jubilada. El equipo de Karloszeta parece pasárselo en grande viendo chicas, locales y posibilidades. Yo no. La gran cantidad de turistas mirando los escaparates con cara de idiotas y comentarios absurdos, me pone triste. No sé bien por qué. Quizá por la sensación de feria de ganado. Karloszeta me dice que no les tenga lástima, porque eso es como Sin City y quienes mandan en el barrio rojo son ellas y nada más que ellas. Lola me cuenta que pueden llegar a ganar unos 1000 euros por día en temporada turística. Dejo de tener pena de ellas ipso facto, y empiezo a tenerla de mí por no disponer de un escaparate en Amsterdam.

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Gozamos del universo petalandia en el coffe shop de Hill Street Blues (mira tú por dónde). Cojo un melocotón tan absurdo, que me paso diez minutos riéndome sólo porque uno de los cámaras se llama Pío. En contrapunto, el cámara Pío pasa otros diez descojonándose porque yo me llamo Ariel. Karloszeta se fuma un peta puro de Amnesia Haze. Nunca he probado la Amnesia, así que le pido una calada. Él me dice que es demasiado fuerte para mí, y que mejor siga con “los petas para niños.” Lo dice para tocarme los huevos unica y exclusivamente a mí, pero consigue picarlos a todos. En cuanto se levanta para responder una llamada de móvil, nos liamos un peta puro y duro con su Amnesia Haze y nos los vamos pasando rápidamente, como niños de colegio tirando pelotillas en ausencia del maestro. Para cuando vuelve Karloszeta, uno de nosotros está en el suelo, tres con la cabeza sobre la mesa y los otros dos alucinando con las diferentes rugosidades y texturas de la pared. Decidimos que, efectivamente, la Amnesia Haze es un poco fuerte para nosotros, y nos prometemos no volver a olvidarnos de que Karloszeta es un vasco gigante.

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Gano al futbolín a un electricista que se llama Sebas por 14 a 0. Todos alucinan pepinos. Yo no. La marihuana me despierta los reflejos cerebrales al máximo. Si me dejaran vivir fumado, a estas alturas sería el mejor aparcacoches del mundo mundial, y no la nulidad absoluta que resulto en estado normal.

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De marcha en un sitio con nombre de novela de Stephen King. Me lo paso como no me lo he pasado nunca en mi vida. No por la música, ni por la marcha, ni por la compañía, ni por el ambientazo, sino por la cantidad de THC que se pasea por mi sangre. Soy consciente de que en esos momentos, podría pasármelo igual de bien en una tienda de paraguas canadiense. En un momento dado, uno de los del equipo, me ofrece probar magic mushroom hawaiian. Como todo me importa un huevo de pato, y soy un irresponsable, me como dos con un trago de cerveza. Cuando empiezo a notar que el estómago me pesa y que las piernas me desaparecen, veo acercarse a Karloszeta, que ha ido a la barra a por más bebida. Mariano le dice que me ha dado a probar hongos hawaianos. Karloszeta se enfada mucho. Por entre los ecos de mi cabeza, que ya empieza a reverberar de una forma extraña, le oigo gritar a Mariano y preguntarle cuántos he comido. Yo levanto tres dedos y digo “dos”, como en los dibujos. Karloszeta me quita la cerveza de la mano y me dice que nos vamos al hotel. Empiezo a notar que los ojos no me funcionan bien, como si las paredes se estuvieran doblando o plegando sobre sí mismas. Noto la presión de la mano de Karlos en mi muñeca. A partir de ahí, caigo en el infierno mental más absurdo y absoluto (*).

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Museo Van Gogh, Rijsmuseum , museo de Anna Frank, museo de la tortura, museo Heineken, museo del sexo… No es que haya viajado mucho en mi vida pero sí que estoy seguro de no haber tocado jamás tantos palos en tan poco tiempo. En el avión, aún noto la cabeza más pesada de lo normal. Le digo a Karloszeta que no he tomado ni un sólo apunte para el blog de lo que he visto en los museos y él me dice que da igual, porque quien lee blogs no quiere que le hablen del autorretrato de Van Gogh. Decido que tiene toda la razón, y dejo de hacer esfuerzos por recordar nada intelectualmente relevante. Karloszeta me besa en el cuello y apoya la barbilla en mi hombro. “De mí sí te acuerdas ¿no? soy el que anoche te decía que no te ibas a morir” “Ya. Pues… vagamente.” “Tendré que empezar a llevarte a sitios donde no te puedas meter en ningún lío.” “¿Como Disneylandia?” “Como el salón de casa.”

Bueno. Vale. Está bien.

(*) otra historia, que tendrá que ser contada en otra ocasión…