No estoy en China ni nada

Estoy en Malasaña porque he pisado un gato y me he roto.

Bueno, en realidad no le pisé. Aunque debería haberlo hecho, porque evitarlo fue el desencadenante directo de que en estos momentos me duela desde el huevo derecho hasta el dedo pulgar. Pensándolo en frío, hubiera sido mucho mejor que le doliera un poco el rabo al gato durante unos minutos, antes que pasarme las próximas semanas con yeso hasta la rodilla y un gato cabrón intacto.

La cosa fue más o menos así: yo tengo pis, yo me levanto, Peyote se me cruza, yo digo ahivadiós, yo pego un giro, mi tobillo no, suena un crajs, un catapumba y al suelo que voy. No puedo levantarme pero no duele. Pero no puedo levantarme. Pero no duele. Pero sigo sin poder levantarme y… vale, ya. Ya duele. Coño. Coño como duele… Yo lloro como una niña. Yo digo bajito kaaaaaaarlllloooossssssshhhhh… Karloszeta ronca feliz y no me oye. Yo digo a voz media Kaaaaaarloooooosssssh…. Karloszeta ronca más. Yo digo a voz en grito KARLOSCOJONEEEEEEEESSSS y Karloszeta se levanta, se asusta, me incorpora, me sujeta, “¿te ves para llegar hasta el coche?” “NO” “¿y para llegar al portal?” “NI PARA LLEGAR AL PANTALÓN” ambulancia, pim-pam, hospital, pam-pim…férula, vendaje y halayá. A las cuatro en casa. Los dos con los mismos pelos de almohada y el pijama debajo del chándal. No quieren prestarnos una silla de ruedas en el hospital, así que del coche a casa, me tiene que llevar a pulso. Le digo “transpórtame con dignidad, por favor” y él me echa al hombro como un fardo. Pues menos mal que es un vasco gigante. Si hubiera sido de mi tamaño habríamos tenido que inventarnos algún sistema de poleas hasta el balcón como en las mudanzas. Se lo digo cuando subimos los tres escalones del portal y le da la risa tonta. Se tambalea y casi nos matamos. Santabárbarabendita. Se me rompe el vasco gigante y ya la hemos cagado pero bien. A ver quién coño nos transporta a los dos.

Tengo fracturada la tibia. He vuelto a recordar que las cosas de los huesos duelen mogollón y que el mundo no está planificado para vivir sin la pierna derecha. Karloszeta se sorprende de mi resignación budista en la supervivencia a una pata. Le parece mentira que pueda autoinyectarme jeringuillas de eparina en el estómago sin decir cagoendios ni gritar. Ya ves tú. Como si un pinchacito de pedo de mosca fuera el peor dolor que te espera con un fractura. Que a veces me duele el tobillo, a veces la tibia y a veces hasta las orejas.

No he dormido nada en 24 horas. Sospecho que mañana a estas horas, ya serán 48.

No importa. Siempre me quedará el amor y el loro tecnopop.