Las pesadillas que se resisten

Estaba en la cocina de Magallanes. En el piso que compartía con Pedro y con Marc. Podía ver todo tal cual era, perfectamente. Las paredes grises con el calendario de Michelín. La mesa lacada, la encimera blanca, las sillas metálicas. Todo tal cual era. Pedro estaba de pie detrás de mí y sacaba cosas de la nevera. Yo le decía «¿dónde está Karlos?» y él me decía «¿qué Karlos?» Me levantaba y recorría el pasillo. Entraba en mi habitación. Los gatos estaban encima de la cama de muelles. La que era mi cama. Había parte de mi ropa revuelta a los pies y el resto, aún distribuída en cajas por la habitación. Podía ver mi letra escrita en las cajas. «Libros», «Películas», «zapatos». Me sentaba a los pies de la cama. Veía a los tres gatos dormitando sobre mi ropa. Peyote no tenía calvas en el lomo, estaba intacto, como antes del incidente de la verja. Marc asomaba por la puerta y me decía que tenía que comprar leche. Que si quería bajar con él. Yo le decía «Pero esto es un error, esta no es mi casa…» y él se reía. «¿Cómo que no? pues claro que es tu casa.» Yo me tapaba los ojos con las manos. «No es mi casa. Estoy soñando. ¿Dónde está Karlos?» Marc me miraba muy serio, de pronto. «¿Que Karlos? no existe Karlos. Le has soñado.» «No puedo haberle soñado. Es alto. Vivimos en un duplex en Malasaña. Tiene un coche negro. Le gusta el jazz. No le he soñado.» Marc me cogía del brazo. «Ari, has estado soñando. Han sido los hongos. No existe Karlos. Has comido hongos y te lo has imaginado todo. Esta es tu casa. Estás en tu vida real. Lo otro no lo es.» Yo lloraba «Pero no puede ser… no puede ser… no puedo estar aquí…» Marc me apretaba la mano. Cada vez más fuerte.

Pero no era la mano de Marc. Era la de Karlos, que intentaba despertarme desde el asiento de delante del coche. «Ari, estás soñando…» En un primer momento he seguido viendo a Marc. Luego se ha ido dibujando la sudadera roja, los rizos oscuros, la barba cerrada, los ojos grises, el coche, mi escayola… Su voz. «Ariel, tranquilo… estás soñando.» «¿Y dónde estoy?» Se reía. «¿Cómo que dónde? pues… aquí. Conmigo.»

Me hubiera gustado disponer de las dos piernas, para incorporarme y meterme dentro de su jersey.

Esa fue la pesadilla recurrente que me trajeron los hawaian mushrooms la otra noche en Amsterdam. El convencimiento más absoluto durante seis horas de que en realidad los últimos diez meses habían sido un sueño. Que seguía metido en la casa de Magallanes. Yo solo. Tan solo como estaba. Que Karlos no existía. Que nada existía. Yo le miraba, le pasaba el dedo por el mentón, tumbados los dos en la cama del hotel. Le decía «Tú no existes. Me voy a despertar y no estarás. Tú no existes…» y él me cogía las manos «Sí existo, tranquilo. Estoy aquí ¿ves? Estás escuchando mi voz. Escúchala.»

Aquella noche vomité tres veces y pensé que me moría unas siete u ocho. Hoy, haber vuelto a soñar con la misma pesadilla absurda me demuestra que todavía quedan rastros de algo paseando por mi cabeza. Karlos me coge la cara con las manos y me coloca un mechón por detrás de la oreja. Sonríe y me tranquiliza. Me dice que se me pasará. Que son restos de alucinaciones que coletean en el subconsciente durante un par de semanas. «No se debe probar ese tipo de viajes si no tienes la psique suficientemente equilibrada para ello.»

Desde luego, ya no necesito que nadie me lo jure.