Mañana a Madrid, Madrid, Madrid…

Uno de los dedos que asoman ha dejado de tener color de dedo que asoma y se ha puesto en plan cardenalicio. Mi doctora política dice que no nos preocupemos. Que es un efecto del derrame de la torsión sumado a la eparina. Karloszeta ha recibido la respuesta con su típica expresión de ceja alzada. Qué desconfiado es, coño. Hasta de su propia madre. Me mola el dedo morado entre medias de los sanos. Parece un preso en un interrogatorio rodeado de policías chungos. Cuando pueda doblarme lo suficiente, le dibujaré ojitos parias y boca de pánico.

Estoy contento. Tranquilo, feliz y sin dolor. Es la verdad. Estoy muy bien aquí. Me gusta mucho esta casa, esta chimenea, estas ventanas al mar y ese trozo de jardín que veo en estos momentos a través del cristal. Me gustan las cortinas rojas y blancas de la cocina, la mesa de madera, el olor a leña, las vigas de roble del techo, el edredón de cuadros y la rosa tallada en el cabecero. Karloszeta se queja mucho de esta casa. Dice que da mucho trabajo para lo pequeña que es. Que tendría que venderla. “Está demasiado cerca del mar. El salitre se lo come todo. Hay que proteger la madera, el techado, el encalado, desbrozar la parcela… Antes venía por el surf, pero ahora… Si no fuera por el aita, la habría vendido ya.” Se la dejó su padre. Expresamente a él. No me parece extraño. Yo también dejaría en sus manos cualquier cosa que nadie quisiera cuidar. No sé cuándo empezaría Karlos a ser responsable. Su tía me enseña los albúmes de su infancia. En todas las fotos sale muy serio, con el ceño fruncido y sujetando a los seis hermanos del cuello de la camisa para la foto. Poniendo orden. Me río pensando que realmente, no ha debido de cambiar mucho en estos años.

No quiero que venda esta casa. Me gusta tanto como mi dedo cardenalicio. Cuando me cure la pierna, le ayudaré a mantenerla.

Y espero que no me deje, la verdad. Porque… yo con un martillo, una taladradora o una brocha sería unas 250.000 veces más efectivo destruyendo, que todo el salitre junto.