Qué poco tino tengo para los títulos proféticos

Bueno, pues… es horita de ir resucitando.

He estado jodidillo. Tuve una infección respiratoria y una bajada de sodio en picado que hizo que no combustionara bien el oxígeno y me autointoxicara de CO2. El nivel de dióxido en sangre para que tu cerebro se mantenga fresquito y divertido tiene que ser de 23 meq/l. y cuando ingresé, yo tenía 64, así que mi cerebro estaba todo menos fresquito y divertido. De hecho, recuerdo vagamente haberle dicho a alguien en la UCI que avisara a la policía porque estaban intentando secuestrarme. Con eso la palabra paranoia adquiría su verdadero significado porque no veo que rescate aprovechable podría sacar de mí un secuestrador, salvo que fuera coleccionista de muñequitos absurdos. Pero bueno… es lo que tienen las alucinaciones. Que por poder ser, son de cualquier cosa.

Eso de autointoxicarme yo sólo con mi propia respiración suena talmente como sacado del Mundo Today. Recuerdo que cuando entraba Jokin a verme me decía “soy Jokin” y yo pensaba “vale, eres Jokin”, pero por más que le miraba y le remiraba, no tenía ni puta idea de qué hacía allí conmigo. No recordaba las cosas asociadas a cada persona. Sólo las caras y los nombres. De Karloszeta recordaba que me había prometido adornar la casa por Navidad, así que cada vez que entraba a verme, yo le decía “Hola Karlos ¿has puesto el árbol?” Él al principio intentaba razonarme y decía “No, Ariel. Estamos en Vitoria. Hay que volver a casa para poder poner el árbol” pero luego cuando volvía por la tarde yo le preguntaba otra vez “¿has puesto el árbol, Karlos?”, así que al final ya desistía y me decía “Sí, sí, un árbol precioso. Un abeto lleno de luces en mitad del jardín que no hay, de la casa que no tenemos”. Y yo decía “ah, genial… ¿y has puesto el árbol, Karlos?”

Ahora Karloszeta se descojona contando todo eso a los amigos, pero en aquellos momentos no se reía ni una pizca. Pasaba la media hora de visita agachado al lado de la cama tocándome el pelo con ojos de ovejita lucera.

Los huesos frágiles, las bajadas de sodio y los problemas respiratorios son resultado de lo cochambroso de mi sistema inmunológico. Es lo malo de lo bueno de superar un cáncer linfático. Vivir vives, pero los virusillos que pululan por ahí se dan de hostias por llevarte al huerto. Por eso Karloszeta me tira los regalices rojos a la basura. Porque su madre es médico. Si Karloszeta fuera hijo de una lotera, probablemente yo a estas alturas ya habría muerto de un coma de algo.

He pasado la última semana dibujando historietas a lápiz sobre un bloc de notas de tamaño pedo, porque no tenía televisión ni nada que hacer salvo estar tumbado y respirar en una maquinita, así que ahora tengo 12 bocetos a lápiz de historietas para pasar a tinta. No hay mal que por bien no venga. Ahora es cuando las paso todas a la tableta gráfica, me quedan hechas una mierda, y decido tirarlas a la basura. Con ese ritmillo, habré destruído ya unos… no sé… cincuenta o sesenta comics by Nepomuk. Para que luego me digan que publique. A mí cualquier editorial me terminaría mandando a la hoguera en dos semanas.

Jokin se quedó conmigo en el hospital durante los dos días que Karlos tuvo que trabajar en Barcelona y bajar a Madrid. Mi suegra se ofendió cantidad porque Karlos se fió más de Jokin que de ella, para estar conmigo y vigilarme la máquina. Yo me alegré de que se quedara Jokin porque me daba cantidad de corte que mi suegra me viera el pito (lo cual demuestra que soy un inmaduro). Tuve suerte de que él estuviera en Vitoria cuando me dió el mondongazo (Jokin, no el pito). Había venido al entierro de la abuela de Karloszeta, que murió de una apoplejía mientras estábamos en Zarautz.

Fuí a Zarautz a que me miraran las radiografías y terminé autoasfixiándome en un entierro familiar de un pueblo del este de Vitoria. La vida a veces es tope curiosa.

N. del A: Debo explicar que el que haya escrito este post tan desordenado y cutre, es fruto de los restos de intoxicación chunga, que aún no me dejan organizarme mentalmente del todo bien.

Bueno. Vale. Es mentira. En realidad, en mi vida he sabido organizarme mentalmente del todo bien.