Vale, lo siento. Este también es a vuelapluma

Papá Noel me ha traído una Blackberry nueva.

Ha sido debido, sobre todo, a que Papá Noel estaba ya hasta los huevos de que le cogiera la suya y se la llenara de chorradas Marvel día sí y día también.

Mi blackberry nueva mola mogollón y me lo estoy pasando teta de novicia instalándole chorradas varias y probando las que ya vienen puestas por arte de birli-birloque. Mientras, en un universo paralelo, Karloszeta Noel me insiste en la oreja una y otra vez, que hubiera sido mejor pedirme un Samsung Galaxy II.

Yo no quería un Samsung Galaxy II, quería una Blackberry porque ya había aprendido a manejarla y me parecía sencilla, chula y útil. Soy como los abuelitos. Cada vez que aprendo algo nuevo, me vale para diez años.

También soy como los abuelitos porque no me molan una puñeta los teclados táctiles. Siempre están engorrinaos (ojo…expresión inequívoca de abuelito) y son tan suaves, que se me van siempre los dedos a dónde no quiero que vayan. Es algo así como “abrir agenda… ah no… uy, esto no… coño… dónde estoy… uy… no, no… volver… uy, me he pasado… volver otra vez…” Y así hasta el infinito y más allá.

Eso también hace lógico que mis teclados táctiles siempre estén engorrinaos. Con cada aplicación dejo por lo menos 28 dedazos.

Mañana me quitan el oxígeno para ver qué tal voy sin él y si sigo vivo y esas cosas. Voy a echar de menos la mascarilla. Me produce sueños cantidad de chulos por las noches (vaya usted a saber por qué). El otro día soñé que nos invadían los zombies y que Karloszeta y yo teníamos que saltar por el muro de la terraza hasta la casa del vecino. Y no sólo no me escogorciaba contra el asfalto (señal inequívoca de que todo era un sueño) sino que yo solito, con una recortada, salvaba a Karloszeta reventando cabezas zombies pumba-pumba hasta que alcanzábamos el pasillo y huíamos por fin a un mundo mejor (*).

Se lo conté a Karloszeta mientras desayunábamos. Él no me agradeció que le salvara de los zombies ni nada. Sólo me preguntó que por qué le había hecho saltar a la terraza del vecino si ya tenía una recortada para reventar cabezas ahí mismo. Es el realismo vasco. La próxima vez que me despierte emocionado por salvarle de los zombies, me limitaré a decirle que he soñado con botijos.

(*)Lo del mundo mejor me lo he inventado para darle un toque más dramático, en realidad sólo nos metíamos en el asador de pollos de abajo.