Descubriendo la magia Disney

Hoy he ido con Jokin a comprar regalos de Navidad, mientras Karloszeta trabajaba. Hemos pasado cerca de diez minutos discutiendo en la puerta si nos llevábamos la silla o las muletas, pero yo no quería dar el cante con la silla por todo el centro comercial, así que al final, he logrado convencerle y nos hemos llevado las muletas.

Unos 40′ más tarde, por supuesto, he dado el cante con las muletas al tirar abajo una pirámide de 200 peluchitos absurdos amontonados que había en un rincón de la tienda Disney, donde había entrado a comprar una taza de Buzz Light Year debido a mi adicción a las cosas idiotas de colorines que nisiquiera necesito.

Como tampoco podía doblarme más allá de 20º con la escayola, he tenido que quedarme quieto con mi gorrito-condón, ni anorak marrón caca y mi cara de paisaje, mientras Jokin y las dos dependientas doblaban el espinazo y recogían peluchitos hasta del wáter, y las 10 personas que había en la tienda caminaban a saltitos por entre veintemil mickeymouses y chipychops voladores (impresionante lo que puede llegar a rodar un mickey mouse si le das una patadita involuntaria. Será mejor que lo recuerde para cuando visite Eurodisney).

He pasado tanta vergüenza, que al final me he llevado la taza, una alfombrilla para el ratón, un estuche de lápices de colores, unos muñequitos articulados, y tres de los p**os peluchitos absurdos rodantes. Lo he cogido todo tan rápido para largarme de allí, que al final los lápices de colores han resultado ser de Princesas Disney, así que calculo que podré disfrutar del cachondeíto de Karloszeta con mis lápices nuevos más o menos hasta… no sé… el 2018, aproximadamente.

Hoy es uno de esos días en lo que me hubiera venido de coña tener hijos.

O dos tibias normales, de las de toda la vida.