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Vargas ha palmado. Pareció resucitar a eso del mediodía y estuvo paseando un poco por la terraza, haciendo expediciones de las suyas. Luego se me subió al cuenco de la mano y ahí le dí calor hasta que se quedó sobado. Estábamos viendo Big Bang (Vargas, el loro y yo) cuando he notado como un temblor suave y al mirarle, he visto que tenía los ojos abiertos y estaba tieso como la mojama.

Estoy algo triste. Sé que es una gilipollez porque sólo es un puñetero ratón de laboratorio, pero no llevo nada bien que se me mueran los bichos. Siempre pienso que podía haber hecho algo más. Quizá no dejarle salir. Hoy hacía un frío del carajo.

Karlos dice que mañana compraremos un jerbillo. Pobre jerbillo. Se va a llevar un susto de pelotas cuando vea la jaula-fortaleza Sauron. Llevo un mes tuneándola hasta extremos absurdos. De hecho, incluso le había pegado unos cuantos orcos por la parte de arriba. Le he dicho por teléfono a Karloszeta que sería mejor que los fuera despegando para que el nuevo jerbillo no se asustara, y él me ha contestado: «No creo que se asuste, Ari. No habrá muchos jerbillos en la tienda que hayan visto la trilogía del Señor de los Anillos.»

Nos hemos reído un buen rato con eso y me ha sentado bastante bien, la verdad. Luego he tenido que cortar porque Peyote se había llevado el cadáver de Vargas en la boca para jugar al pídola con Tequila. He tenido que lanzarle la muleta para que lo soltara y arrastrarme por el pasillo para recuperar mi ratón espichado. Ha quedado todo cantidad de trágico. Parecíamos una secuencia de manga sangriento.

Bueno. Adiós Vargas. Fue un auténtico gustazo.