Jarl…

Jo… que días tan intensos, me va a dar algo…

Karlos trajo un jerbo para sustituir a Vargas. Le llamé Morgan. Era muy bonito y muy pequeño. Morgan murió al día siguiente de pisar nuestra casa. Se quedó quieto contra el increíble Hulk (uno de gomaespuma, no el de verdad. Si hubiera sido el de verdad, hubiera podido agarrarme a la hipótesis plausible del infarto) y al mediodía siguiente, palmó igual que Vargas. Ojos abiertos… boca abierta… leve temblor, cara de éxtasis… Me quedé sin ratón, sin jerbo y con una jaula que empezaba a adquirir tintes de mausoleo. Me puse un poco triste. Para sobrellevarlo, le gasté una broma pesada a Karlos. Karlos no sobrellevó mi broma pesada y se cabreó. Luego me cabreé yo. Luego nos cabreamos los dos. Luego yo solo otra vez. Para cuando llegó la noche de Reyes estábamos los dos un poco más pallá que pacá y teníamos ganas de todo, menos de cabalgata. Escondí el mausoleo de Sauron para no acordarme de que llevaba dos bajas mascotiles en dos días.

Esta mañana me he levantado para colocar mi regalo debajo del árbol y Karlos no estaba. Para cuando he salido de la ducha, había vuelto con una caja que lloraba y un roscón de reyes. El roscón tenía un pato donald. La caja, esto:

Mi regalo de reyes, que yo imaginaba envuelto y escondido en algún cajón indefinido, llevaba una semana sembrando pelos allende las casas de los amigos y/o conocidos partícipes de la locura gasteizarra.

Independientemente de todo lo que acontezca, Karlos es un hombre que siempre sabe perfectamente cómo ganarse mi devoción más absoluta.