Yeso y cuenta atrás

Este miércoles me quitan la escayola. Alegría, alegría y pan de madagascar. Hasta el culo de escayola y muleta. Antes tenía cuidado de no apoyarla. Ahora ya directamente la arrastro, como un bucanero venido a menos. Voy dejando un rastro blanco por todo el pasillo. sssssgh… ssssgh…

Tengo ganas de volver al trabajo. Echo de menos lo de estar cansado por algo, cocerme a cafés con repostería martínez, y quejarme de los múltiples jefes que pueblan y recorren el edificio. Y echo de menos mi tanque azul con su permanente veintena de coches a la cola, insultándome porque no tengo ni puta idea de aparcar. Cagoentó… necesito este viernes como agua de mayo.

Tengo que entrenar a Asesino Desgarracipotes para que no llore cuando se quede solo. Tequila lleva tres días de celo y chirridos nocturnos, y temo que los vecinos nos terminen echado un cóctel molotov por la terraza si encima ahora les amenizamos las mañanas con un perro que llora. He empezado por dejarle a ratos solo en el salón, mientras yo me escondo en alguna de las habitaciones, pero la cruda realidad es que el perro no me hace ni puto caso, y está tan pichi en compañía del loro cabronazo. Tanto es así, que a estas alturas todavía no tengo claro si sentirme satisfecho o ignorado. Cada vez que vuelvo a entrar en el salón me lo encuentro roncando encima de la alfombra despatarrado y feliz, mientras el pajarraco nos obsequia con sus habituales fóllame-puta y sus balanceos Bob Esponja Dance Mix. Creo que de alguna forma, estoy creando un ecosistema mascotil autosuficiente, en el que muy pronto, seré total y absolutamente innecesario (snif).

Afortunadamente, siempre me quedarán los 85 kilos de vasco recordándome a gritos desde el piso de arriba que me he vuelto a dejar sin bajar la tapa del wáter.