Hoy es el día de cambiarlo todo

El loro se ha escapado de su jaula y ha sido mil veces menos divertido de lo que en principio yo me había imaginado.

Para empezar, no se ha ido a la cocina a comerse las asquerositas galletas conglomeradas de Karloszeta (que sólo con eso ya me habría echado yo unas risas tan pichi) sino que se ha quedado encima del sofá del salón y me ha pegado un susto de mil pares de cojones (con perdón) al esconderse en el rebujo de la mantita de cuadros piojosa que utilizamos el vasco y yo cuando vemos la televisión, para taparnos las piernas como dos abuelitos.

Tener una mantita de cuadros piojosa que de pronto se levanta y te llama puta no es algo que pase todos los días, así que he estado a punto de romperme la otra pierna con el volatín que he pegado para salir huyendo en dirección contraria. Siendo como es un servidor, que no se caracteriza precisamente por su aguerrido valor, he soltado la bandeja del desayuno por los aires y he puesto medio salón perdido de colacao con pepitas, que viendo lo que me ha costado despegarlas de la tapicería, al final no han resultado ser tan buen invento como yo había supuesto en un principio.

Para cuando he recobrado el aliento, el corazón y la cucharilla que se me había colado por el cuello de la bata en el reprise, he vuelto al salón y el puto loro hijo de mil loras, se había subido a lo alto de un perchero de madera de teca japonesa que Karloszeta tiene en la entrada del salón, amén de en muy alta estima. Tan alta como que se lo envió directamente desde Kobe el diseñador japonés que lo creó.

Pensar en la posiblidad de que el loro se cagara en el perchero de teca de Kobe y que Karlos me fileteara para la cena por haberle dejado la jaula abierta (al loro, no a Karlos) ha hecho que me entre una especie de pánico absoluto. He intentado bajar al loro con la cucharilla, con las manos y hasta con la muleta, pero ha sido en vano. Se ha limitado durante 25 minutos a levantar una pata y otra para esquivarme y a mirarme con expresión de nada. Cuando mi desesperación ha llegado al límite, he llamado a Jokin y le he dicho «Jokin, el loro vuela…» y Jokin ha contestado «Ah, bien, pero estoy en el coche…» y me ha colgado. Me he quedado un buen rato sentado sobre mi mantita piojosa meditando sobre las primeras palabras que debes decirle a alguien que quieres que te baje un loro, hasta que he visto que el pajarraco acomodaba un poco el culo en plan «vamos a firmar el perchero con mi ADN» y he optado por salir cagando leches con mi pata de bucanero, a buscar a algún vecino que pudiera echarme una mano.

Un estudiante de los 10.000 que hay al lado, finalmente se ha subido a una minimesa y ha logrado atrapar al bicho. Mientras le metíamos en la jaula, nos hemos llevado un total de 12 arañazos y 3 mordiscos (aprovecho para comunicar a la humanidad que los loros muerden), así que me he sentido cantidad de culpable por el pobre chico que sin comerlo ni beberlo, ha pasado de estar estudiando tan pichi a ser atacado por un loro tocapelotas. Cuando nos despedíamos en la puerta, le he preguntado si podía hacer algo para agradecerle la ayuda que me había prestado, y él ha señalado la stratocaster de Karlos que estaba apoyada en el mueble del recibidor y ha dicho «¿me dejas enchufarla y probarla un poco?» En esos momentos yo me he imaginado a Karlos entrando en casa como el papá oso del cuento de los tres ositos y diciendo «alguien se ha subido a mi perchero…» «alguien ha revuelto mi mantita…» «alguien ha tocado mi guitarra…» así que directamente le he dicho que no, y le he cerrado la puerta en las narices, lo cual me ha dejado un sentido de culpabilidad aún más gordo del que ya tenía de antes.

Hay días que uno no debería levantar la pata de bucanero de la cama.