Deberíamos estar en el cine pero hace un frío del carajo

Hoy he ido a casa de mi suegra, a recoger restos de regalos familiares, y a comer otro poquito de su maravisopa de marisco navideña.

Mi suegra tiene sus momentos buenos y sus momentos malos, como todo el mundo, pero en cuestiones de sopa de marisco, todos, absolutamente TODOS sus momentos son buenos. No tengo palabras. Picantita. Aromática. Deliciosa. El día que llegue el apocalipsis y tengan que crear una cápsula espacial antinuclear con muestras de nuestra civilización para la supervivencia de las generaciones futuras, dentro, junto con las semillas de plantas extinguidas, los ejemplares de las mejores obras literarias de los últimos siglos, y los planos de ingeniería aeroespacial, irá un tupperware con la sopa de marisco de mi suegra. En serio. Reto a cualquiera que se crea capaz de hacer un sopa de marisco cojonuda, para que pruebe la de mi suegra y llore.

Una tía de Karlos, que tiene una de esas mercerías dónde lo mismo compras unas bragas que te liberan un móvil, nos ha regalado las camisas más horrorosas que nadie pueda imaginarse en doce vidas. La de Karlos marrón caca con arabescos naranjas y la mía de rayitas moradas entrevetadas con amarillo. Espantosas las dos. De esas que sólo puedes ver sin que te duelan los ojos, en un vídeo revival de Los Chunguitos. Cuando hemos terminado de dar las gracias (yo, porque Karlos es incapaz de mentir socialmente y se ha limitado a una especie de rictus extraño de media estupefacción) me dolían los carrillos de mantener la sonrisa falsa. Si no llega a ser porque Asesino ha distraído la atención general de la mesa con un nuevo ataque de narcolepsia, a estas alturas yo estaría disfrutando de una maravillosa contractura mandibular.

Me he apostado con Karloszeta las cenas de toda la semana, a que no era capaz de ir mañana a trabajar con la camisa marrón caca y él ha hecho lo propio conmigo y mi camisa moradimarilla. No sabe bien lo que ha hecho. Cientos de jornadas laborales en camisetas de supercoco me preceden. Retarme a mí con que vaya hecho un payaso es prácticamente como echarle un pulso a Supermán.

Pienso pedirme pizza de lunes a jueves, tacobell para el viernes y japimils para el finde. Ya va siendo hora de que mis arterias vuelvan a coger un poco de vidilla.