Prefelicidades Karloszetapunto

Mañana es el cumpleaños de Karloszeta. Me he ido hasta Ciudad Lineal a cogerle una tarta. Es porque estoy enamorado y soy irresponsable. A partes iguales. Porque si sólo estuviera enamorado, le habría comprado una de esas de Pastelerías Mallorca que valen un cojón de mico y son de tamaño lacasito, y si sólo fuera irreponsable, le habría pillado una caja de frigopiés del supermercado. Pero como soy mitad de una cosa y mitad de otra, me he ido a Ciudad Lineal a por una tarta de naranja. La misma que su madre le compraba por su cumpleaños cuando era pequeño y le tocaba pasar un invierno en Madrid.

Karloszeta tiene recuerdos muy bonitos de cuando le tocaba pasar un invierno en Madrid. Yo tengo la teoría de que los recuerdos bonitos de la infancia hay que alimentarlos de vez en cuando con sabores, olores o sensaciones determinadas, para que se nos queden bien enganchados hasta la vejez. Mis recuerdos bonitos de infancia están bien enganchados. Cuando sea un viejo pellejo y no tenga nada que hacer más que poner el culo en la silla, me dedicaré a desengancharlos e ir saboreándolos uno por uno. Con el último espicharé y así mis 200 gatos podrán devorarme tranquilamente hasta que algún vecino llame a la policía o Karloszeta, que estará viendo la Fórmula 1 sin enterarse de nada, se ponga las gafas de ver de cerca y caiga en la cuenta de que hace ocho días que no me ve por el wáter (doy por hecho que Karloszeta, a pesar de sacarme unos añitos, vivirá más que yo porque él come galletas sanas y corre maratones y lo mío son los surtidos cuétara con sofá y mantita piojosa).

La tarta tiene una pinta estupenda. Con pequeños minigajos azucarados de mandarina. Tan pequeños que me figuro que serán de plasticurri (pero de plasticurri delicioso porque me he comido dos que se habían pegado a la tapa y sabían a gominola ácida). La señora que me ha atendido tenía aproximadamente unos mil años. Estoy convencido de que era la misma señora que se las vendía a mi suegra. Me ha dicho «¿cómo se llama el niño?» y a mí se me ha escapado la risa tonta. «Ponga Karloszeta, todo seguido y con K». Me ha puesto cara de vaca mirando al tren. Supongo que estaba más que acostumbrada a poner nombres idiotas con sirope. Al fin y al cabo, cuando ella empezó a serigrafiar tartas, Madrid estaba lleno de Saturninos y Porfirias.

Mañana haré una cena de cumpleaños para Karlos. Como todavía no domino mucho su lista de amigos, le he pedido a Jokin que invitara por mí a los más habituales. Me ha llamado esta tarde al trabajo y me ha dicho «ya he avisado a los 18». Se me han caído las orejas del susto. Dieciocho. Cojones. Tenía que haber comprado una tarta más grande, me parece. Cuando le conocí me dijo «yo no soy de muchos amigos». Pues menos mal. Si llega a tener muchos, hubiera tenido que celebrar el cumpleaños en el campo del atleti.

La nevera nueva me tiene mosqueado. No hace nada de ruido. Pero nada, nada. La anterior cada dos por tres me avisaba de que seguía ahí con un triqui-ñequeñequeñec. Pero esta, nada. Ni flower. Cada quince minutos, me tengo que asomar para comprobar si la tarta sigue viva.

PD. Los minigajos de la tarta que me comí porque se quedaron pegados a la tapa, no se quedaron pegados a la tapa. Los arranqué yo. Pero no se nota nada porque he tapado el huequito con nata. Lo dejo aquí escrito para poder dormir esta noche con buena conciencia y esas cosas que tiene la gente normal que no se dedica a rapiñear las tartas de cumpleaños de sus parejas como buitres ansiosos y zampabollos. Y… eso.