La sagacidad del perro enano

Le decía antes a alquien que tengo al pobre Asesino Desagarracipotes un poco desubicado. Desde que hemos vuelto de París, recorre la casa con aire lastimero, pegado a mis tobillos y con la correa en la boca. Creo que la he dejado en la percha unas 385 veces desde el domingo. Pero el tío, con lo poco que alza, siempre se apaña para cogerla otra vez, buscarme y volver a pegárseme como una calcamonía de culo (tendré que investigar sobre sus posibles orígenes cirquenses en el arte de medir 30 cm. y saltar hasta una percha de 2 m de alto). Lo peor es que no llora, ni hace ruido alguno. Sólo se queda ahí. Siguiéndome con cara de póker perruno y arrastrando la correa (que como es un chucho que se acaba enseguida, muchas veces termina por pisarla con las patas de atrás y pegarse unos hostiones de impresión contra el parquet). Incluso cuando llega el momento de irse a dormir, se sube a la cama con la puñetera correa, como si nos fuéramos a fugar de madrugada aprovechando que no mira, o algo así. Alucino con la simplicidad de la mente perruna. En su regla de tres, él piensa “no me llevan porque no tienen el cacho cuerda esta donde meto el cabezón. Se lo llevo y arreglao. Hasta China que me voy”. Y hala. Tan chupi que se queda la criatura.

Para que luego me vengan diciendo que es el animal más inteligente que hay. Vamos… le doy la correa a Peyote y en dos días se fabrica un ascensor de poleas para huir por la ventana y hasta me deja pistas falsas para culpar al loro.

Karloszeta lleva dos días obligándome a comer brécol y otras cosas maravisquerosas porque dice que hay que hacer dieta después de los excesos navideños. Tócate los huevos. Él tiene que hacer dieta, pero soy yo el que se queda sin surtido Cuétara . No hay justicia en este mundo traidor.

Voy a empezar a seguirle por toda la casa con una bolsa vacía de doritos en la boca, a ver si así pilla el concepto.