Creo que voy a volver a cambiar la cabecera

Hace dos semanas, dí positivo en uno de mis marcadores tumorales. El oncólogo, ante la alarma y con mi jugoso historial médico en la mano, me mandó todo tipo de pruebas. Pruebas por arriba, pruebas por abajo, pruebas de izquierda a derecha, de dentro a fuera, pruebas al bies… En una de las tres resonancias que me hicieron, descubrieron una leve sombra hacia la segunda mitad de la columna vertebral. Como la imagen no testificaba nada, me mandaron una gammagrafía. Me la hicieron el viernes pasado. Como no hemos querido contarle nada de esto a mi suegra, ahora esperamos pacientemente al lunes, para saber qué es esa sombra que se divierte con mi columna vertebral, y ver si lo que tenemos que sacar de la nevera es cava, o fuerzas renovadas.

El sábado, mientras Karloszeta trabajaba, vino Jokin. Se había enterado del asunto y estaba muy nervioso. Realmente, lo estaba. Tenía los ojos brillantes. Supuse que ese tipo de cosas lo alteraban, porque su madre había muerto de cáncer de huesos hacía apenas dos años. Hice café y nos sentamos en el sofá. Estábamos hablando de rugby de repente me besó. Tan absurda como suena la frase, fue la escena. Yo hablaba de campos de rugby y él se inclinó y me metió la lengua en la boca. No reaccioné bien. Ni me acuerdo de lo que dije exactamente. Sé que solté un par de tacos y que me levanté como si me hubieran metido una guindilla por el culo. Él tampoco reaccionó bien. Dijo algo balbuceado que no llegué a oir y salió de allí como alma que lleva el diablo. Ni se despidió, ni se paró a recoger sus cosas. Agarró el abrigo y corrió. Y allí me quedé. De pie en mitad del salón con el café en el suelo y el loro insultándome en mi cara de merluza.

He intentado hablar con él desde entonces, sin ningún resultado. Karlos si lo ha hecho, porque fue lo primero que hizo Jokin en cuanto se alejó de la escena absurda que había montado. Llamar a Karlos y contárselo. Ya he dicho que es un buen tío. Lo es, de verdad. Uno de los mejores que he conocido. No pasó nada de lo que yo esperaba que fuera a pasar, porque lo cierto es que lo primero que imaginé fue a Karloszeta montando un nuevo waterloo mientras una amistad de veinte años se perdía para siempre en el limbo de los besos idiotas que no vienen a cuento. No fue así. Karloszeta llevó su procesión por dentro y se mostró tranquilo y controlado. Dijo que todos estábamos nerviosos con el asunto y que había que esperar a que las aguas se calmaran para tratar el tema con tranquilidad. No sé lo que estuvieron hablando él y Jokin. No sé nada. Sólo que fue una conversación telefónica de cerca de dos horas y que después de que colgaran, él me dijo que Jokin me llamaría. Bueno. Por ahora no lo ha hecho.

Todo esto lo llevaba yo en la cabeza en este domingo lento y extraño, porque lo iba a dejar en una de esas estanterías mentales donde lo guardo todo desde que era un crío. No me apetecía contarlo en el diario, quizá porque nisiquiera me apetecía lo de ponerlo en orden para relatarlo. Pero hace un rato me he quedado dormido mientras leía y al despertarme, he recordado exactamente porque empecé a escribir este diario. Fue para evitar que las penas tontas se me enquistaran y me volvieran un tipo gris.

Así que… ahí las dejo.