Goder…

Esdoy buy agadarrado. Do baro de doser. Y dengo buchos bocos. Esdo es una bierda.

Llevo todo el puñetero día con el cuaj-cuaj-cuaj agarrado a la garganta. La pantalla de mi mac parece el lomo de un dálmata. Me duelen los hombros, el pecho, el estómago y hasta la cabeza del descoyunte de estornudos y tos. Menos mal que lo gordo me ha dado hoy. Si llego a estar así ayer en el estreno del Real, probablemente la noche hubiera terminado en linchamiento popular de chico con pelánganos a manos de la clase burguesa por mandato de Su Majestad. Porque al final sí que fue la Reina, sí… Era verdad. La ví perfectamente las 85 veces que me giré para hacerlo (más o menos hasta que Karloszeta me atizó con el programa en la cabeza para que me estuviera quieto). Llevaba un traje de plata y una vieja desconocida del brazo (la Reina, no Karloszeta). Y estuvo muy sonriente, muy comedida y muy formal. Sin gritar bravo-bravo otra-otra ni nada por el estilo.

Gilipolleces mías aparte, debo decir que estar allí y ver (y oir) aquello, fue una de las experiencias más impresionantes de toda mi vida. Nunca agradeceré lo suficiente a Karloszeta el habérmela brindado. La representación fue conmovedora y emocionante. El ambiente del Teatro Real, con sus pasillos, sus alfombras, su acústica… me encogió el corazón. Me faltan palabras para poder describirlo. En el descanso, mientras bebíamos cava y yo celebraba con emoción absurda y saltitos de conejo epiléptico cada cosa que veía, Karloszeta dijo “es como meter un ratón dentro de un pastel del cumpleaños”. Me pareció una metáfora cojonuda. Eso es lo que fuí yo anoche. Talmente como un ratón en un pastel de cumpleaños.

Todo el que, en algún momento de su vida, haya pensado “esto a mí no me sucederá jamás”, debe saber que se equivoca. Que por suceder, puede sucedernos todo. Que ni mayas, ni pollas. No hay nada escrito, ni cerrado, ni definido. La vida puede mordernos hoy y besarnos mañana, sin que nos demos ni cuenta de que el mundo ha cambiado. Y si no, que se lo digan a mis vaqueros viejos y mis zapatillas piojosas. Que hace un año y nada estaban tirados en la calle buscando dónde dormir, y anoche mismo estuvieron ocupando una butaca del Teatro Real para asistir al estreno de una ópera de Mozart a medio metro de un señor ministro.

El loro vuelve a insultarnos y a bailar con Bob Esponja. No sé si alegrarme o llorar.