Esperando a que Peyote levante el culazo de mi hoja de dibujo

Descojonado me hallo con el juego de app que estamos desarrollando. Creo preciosos muñequitos redonditos, sonrientes y adorables a los que luego arranco sin piedad la cabeza con su correspondiente columna vertebral o desintegro en abrasivo ácido. Creo que J. nunca debió de pedirme ayuda con el juego. No puedo evitar este tipo de contrastes. Es la semilla disneydestroy que vive latente en mí.

Karloszeta y yo nos hemos apuntado al plan de acogida para niños con discapacidad. Ya hemos ido a un par de charlas informativas y dentro de unos meses nos harán la evaluación pertinente que nos capacitará (o no) para aumentar un poco nuestra minifamilia. Estoy contento y nervioso. Una de las veinte razones por las que no quería cargar con un cáncer ahora mismo, era precisamente por lo de estar sano y entero para pasar las evaluaciones. Karloszeta lo lleva todo mucho mejor que yo (qué raro). Rellena cuestionarios y contesta preguntas con una seguridad pasmosa en nuestra capacidad como padres de acogida. Tiene a todo el mundo impresionado. Es mi héroe. También se está moviendo para ver si cambiamos el duplex por una casa más asequible para un niño con problemas de movilidad (echaré un poquito de menos lo de tirarme por las escaleras con una bandeja, pero todo sea por la patria).

Todo esto me hace una ilusión especial. Algo que no podría explicar con palabras. Supongo que porque sé lo que supone pudrirte en un centro de menores en cuanto pasas de una determinada edad, o tienes alguna discapacidad física. No me imagino mejor proyecto que poder aliviar esa mierda en la que algunos estamos (o estuvimos) condenados a vivir solo porque a alguien se le pone en la punta del nabo tener hijos, careciendo de las capacidades materiales y emocionales necesarias para poder criarlos.

Y bueno, me dejo de discursitos de capitán proinfancia, porque no pegan nada con lo hacer muñequitos disney para luego arrancarles el hipotálamo.