Nepomukku

Voy a volver a transcribir los diarios antiguos. Karloszeta me lo solicita formalmente. Sacó los originales de mi caja de «puñetas que fueron y no son» y se tumbó un par de tardes a leerlos. Se perdió mucho. Cada tres minutos, asomaba la nariz por la puerta y preguntaba «¿por qué esto es así? ¿dónde estabas aquí? ¿quién es este?» Yo me limité a responder sin respuesta. Soy un maestro en el arte de responder sin respuesta. Lo aprendí en el centro de Alcalá de Henares y ya es un don que no me abandonará nunca. No me gusta responder preguntas sobre mis diarios. Los transcribí para que las hojas me dejaran en paz, no para que sigan clavándoseme en el culo quince años después. Tampoco me gusta recordar nada. Ese es el motivo principal por el que escribo diarios. Para no tener que acordarme de nada.

Pero voy a seguir transcribiendo mis antiguos diarios una vez por semana, porque Karlos me lo ha pedido. Dice que las cosas que se empiezan, se terminan, y que si era un seppuku, no se puede dejar a medias. Yo creo que sólo quiere ordenarme un poco en su cabeza porque no le gusta un pelo estar casado con un jeroglífico. Pero bueno, vale. Pues hasta que Nico palme en su cama del Ramón y Cajal habrá seppuku.

Eso significa que Karloszeta tendrá que ser mi kaishaku y cortarme la cabeza cuando haya terminado. Confío en que Peyote no ande cerca. Hace dos días le dejé una aceituna con hueso para que jugara y todavía no he sido capaz de encontrarla.